En los primeros meses de cualquier gobierno surgen atisbos de lo que será la impronta y el carácter del Presidente. Kast es un conservador católico y liberal en lo económico. Por eso no esconde su admiración por Jaime Guzmán. El fundador de la UDI acogió la economía de los Chicago Boys, y Kast, fundador del Partido Republicano, a Quiroz.
Si hay algo que caracteriza al Presidente es su respeto por las formas. Hay cierta mesura y visos de decoro en su comportamiento. La dignidad republicana, que durante un tiempo se vio amenazada, vuelve a ocupar su sitial. Además, su carácter inspira y transmite calma. Esa frase “todo va a estar bien”, encarna y refleja ese ethos. Es la esperanza frente a la desesperanza, lo bueno antes que lo malo, lo positivo por sobre lo negativo. Kast sigue con esmero las cuatro virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) y también las tres teologales (fe, esperanza y caridad).
Su perfil irrita a la ultraizquierda y descoloca a sectores de la centroizquierda más liberal, a los “progresistas”. La ultraizquierda, representada por el PC y la gran mayoría del Frente Amplio, no soporta haber perdido el poder frente a alguien que votó por Pinochet. Y los progresistas de centroizquierda, junto a algunos liberales de centroderecha, miran en menos a los conservadores y tienen un complejo con la religión. Para esa tribu ser ateo o agnóstico es una credencial, incluso un motivo de orgullo. Pero a ratos, los agnósticos olvidan la humildad que debería caracterizarlos. Así, ese hermoso mensaje socrático, “solo sé que nada sé”, se convierte en soberbia. Y muchos ateos, que son los creyentes del otro extremo —creen que no creen—, miran con cierto desdén y menosprecio a los cristianos. En la vida diaria la tolerancia, ese valor tan propio del liberalismo clásico, se reemplaza por una sonrisa irónica, una frase despectiva o un sentimiento de superioridad. Al final, como dice el libro de Eclesiastés, vanidad de vanidades, todo es vanidad…
El camino de Kast a La Moneda fue pavimentado por los anhelos de seguridad, empleo y crecimiento. En lo primero se ha hecho poco, pero en economía hay un plan. Sabemos que será difícil revertir la tendencia del PIB anclada en un 2%. Por si fuera poco, el desempleo ayer subió al 8,9%. La historia es simple. El 2010, celebrábamos el ingreso de Chile a la OCDE. Éramos los jaguares de Latinoamérica. Teníamos el PIB per cápita más alto y llevábamos casi 30 años creciendo a un promedio del 5,5%. Chile, la estrella más brillante de la región, parecía imbatible. En el 2012, Alejandro Foxley nos advirtió sobre los riesgos de la trampa del ingreso medio. Como ese año crecimos a un 5,6%, ignoramos sus advertencias. Ya nos creíamos un país desarrollado. Así entramos en una competencia por emular a Europa. Competíamos por aprobar nuevas leyes y regulaciones hasta asfixiarnos con la “permisología”. Pronto cumpliremos 14 años creciendo a solo un 2%.
Este panorama exige reformas. No hay espacio para el statu quo. Los chilenos aspiran a mejorar sus condiciones de vida. Y hoy las banderas de lucha de la izquierda —la lucha contra la desigualdad y la redistribución del ingreso— ya no tienen la misma fuerza. Es más, la riqueza ya no parece ser un estigma, sino un anhelo. Un ejemplo de este fenómeno es el PDG. Y para qué hablar de los patrimonios de algunos ministros. ¿Se imagina las reacciones si toda esa riqueza hubiera salido a la luz bajo algún gobierno de Piñera?
La relación entre economía y política es compleja. Si la economía camina de la mano de la política, existe armonía y esperanza. Pero cuando se alejan, surge el desorden y la ansiedad. A juzgar por los recientes desaciertos, sería prudente no olvidar este axioma. El carácter de Kast, en medio de esas tensiones, ha sido un bálsamo. El dilema es hasta cuándo.