Chile lleva demasiados años con tasas de crecimiento mediocres. No hace falta ser economista —ni haber estudiado en Chicago— para advertir un dato elemental: los índices actuales condenan a las clases medias a la frustración, estrechan el horizonte de los jóvenes y, peor, vuelven imposible el anhelo de satisfacer las múltiples demandas sociales. Es cierto que el crecimiento no resuelve todos nuestros problemas —sabemos que esa lógica no funciona—, pero parece ser requisito indispensable para estar en condiciones de enfrentarlos. Si lo señalado hasta acá es plausible, entonces hay pocas tareas más urgentes que la de recuperar el dinamismo económico.
Me parece que este es el marco general que explica el conjunto de medidas anunciado esta semana por el Presidente Kast. Si esta administración no es capaz de impulsar la economía, habrá fallado en una de sus principales promesas. Y, de hecho, la cuestión no concierne solo al mundo republicano: para que las derechas puedan prolongar el ciclo en la próxima presidencial, es crucial dar pruebas contundentes en esta materia. Por lo demás, nada de esto debiera sorprender, pues formó parte de la campaña presidencial. Y, de hecho, la ciudadanía parece avalar el espíritu general de la iniciativa, y los últimos números de Cadem son elocuentes al respecto. Con todo, la ventana de tiempo es acotada y el Gobierno debe aprovechar el impulso que posee ahora, que puede diluirse en cualquier momento. La pregunta es entonces cómo lograr el propósito. Después de todo, el Congreso está fragmentado, la oposición encrispada y —lo más importante— la confianza de los chilenos es cuando menos esquiva. El Ejecutivo debe tener en mente cada una de estas dificultades, aunque no revisten la misma importancia.
En lo que respecta a la oposición, es llamativa la profundidad de su desorientación. El progresismo no logra encontrar un tono, y es posible que eso dure un buen tiempo. La dificultad de las izquierdas puede formularse así: la farra y los excesos discursivos de los últimos años fueron tan monumentales, que carece de toda credibilidad para sostener un discurso coherente. ¿Por qué oponerse con tanta fuerza a propuestas que antes fueron respaldadas por Mario Marcel y Gabriel Boric? ¿Cómo creerle a la izquierda que su preocupación por el crecimiento es genuina si pasaron al menos una década renegando de él? ¿Qué tan sincera puede ser su preocupación por la deuda pública si el gobierno anterior no cumplió con sus propias metas de gasto fiscal? ¿Por qué sería “neoliberal” igualar nuestra tasa de impuesto corporativo con la OCDE? Desde luego, cada una de las medidas puede ser discutible, y admitir distintas modalidades, pero la oposición ni siquiera quiere entrar en esa conversación. Es triste constatarlo, pero una parte significativa de la izquierda parece decidida a repetir el guion empleado contra Sebastián Piñera. Y no lo hace tanto por convicción, sino simplemente porque —como el escorpión— no sabe hacer otra cosa. Sin embargo, el contexto ha cambiado (como el universo de votantes), y el truco suena repetido. Allí reside, a no dudarlo, la enorme oportunidad del oficialismo: el ánimo ciudadano parece compartir su inspiración, y la izquierda carece de herramientas para contrarrestarlo. Baste mencionar la última frase de Giorgio Jackson, quien afirmó que el actual oficialismo es bueno para hacer campaña, pero malo para gobernar (sic): es evidente que, acaso sin advertirlo, se está acusando a sí mismo.
Ahora bien, resulta indispensable cumplir con dos condiciones adicionales, pues la decadencia opositora no basta. La primera es ofrecer las precisiones técnicas correspondientes: cómo se compensará cada rebaja impositiva, qué apoyos concretos hay a las clases medias y cuáles son los recortes de gasto que pueden darle sostenibilidad al conjunto. La segunda condición es tanto pedagógica como comunicacional. En efecto, quizás el principal desafío es explicar bien el sentido y el fondo de cada propuesta. Si la oposición quiere persuadirnos de que la reforma tiene por único objetivo beneficiar a los poderosos de siempre, pues bien, el oficialismo debe explicar, una y otra vez, por qué es imprescindible ensayar algo nuevo para salir del estancamiento, cuyo precio pagamos todos. Además, debe hacerlo siguiendo un plan nítido y articulado, sin incurrir en contradicciones internas. Llegados a este punto, el observador puede tener legítimas reservas. En efecto, hasta acá el Ejecutivo ha mostrado dificultades a la hora de comunicar con claridad y coordinar a sus propios ministros en cuanto al mensaje a transmitir. Podría objetarse, con razón, que el Gobierno está recién partiendo; y, sin embargo, el tiempo apremia: la ventana es demasiado breve, y es fundamental mantener un discurso robusto y consistente.
Chile lleva demasiados años con tasas de crecimiento mediocres. Parte relevante de la promesa de José Antonio Kast se juega en su capacidad de sacar al país del estancamiento; y si el concepto de emergencia tiene algún sentido, esta es su primera prueba de fuego. La apuesta es alta, pero el desafío también lo es: ahora sí, el Gobierno ha empezado.