Uno de los rasgos de la vida humana que la política comparte es la necesidad permanente de elegir, de preferir esto o aquello y sacrificar esto otro. En suma, en la política, como en la vida, no se puede tener todo.
Hay que escoger.
Ese rasgo es tan profundo que hay quienes sostienen (es el caso de Kierkegaard o de Heidegger) que cuando una persona toma conciencia de que la vida consiste, en última instancia, en elegir o en elegirse sin guion alguno, se sume en la angustia. No es ese, claro está, el caso del político, que convive alegremente y de manera cotidiana con la necesidad y el desafío de elegir.
En el caso del político se trata, sin embargo, de una elección específica. De elegir entre lo que se cree técnicamente correcto y lo que se piensa es más conveniente desde el punto de vista de la popularidad. El dilema no es nada sencillo porque una medida inicialmente correcta desde el punto de vista técnico puede llegar a ser imposible, o desastrosa, si es impopular. Y por la inversa, una medida técnicamente defectuosa puede abrir el camino para incrementar la legitimidad o la confianza que permitan adoptar medidas difíciles en el futuro. Pudiera ocurrir que alguna medida sugerida por el ministro Quiroz (como por ejemplo limitar la gratuidad) fuera técnicamente correcta; pero si es muy impopular puede acabar socavando la adhesión de la ciudadanía y, de paso, la capacidad del Gobierno para aprobar leyes. Por la inversa, también puede ocurrir que una medida algo defectuosa desde el punto de vista técnico sea popular y de esa manera incremente los niveles de adhesión y de confianza que, luego, harán más fácil adoptar medidas difíciles.
De alguna manera ese dilema del político, entre lo que cree técnicamente mejor y lo que sabe es popular, es una versión del dilema ético acerca del que llamó la atención Max Weber. Weber dijo que había dos actitudes éticas. Una era la de la convicción: actuar conforme a los propios principios así el cielo se venga abajo (Fiat iustitia ruat caelum). La otra era la de la responsabilidad: actuar de acuerdo a lo que se cree, pero sin olvidar que en ocasiones las consecuencias pueden atentar contra nuestras creencias (según Pablo, a veces no se hace el bien que se quiere, sino el mal que no se quiere).
Como es obvio, la segunda actitud es la más adecuada al político que sabe que en la vida social es tal la cantidad de variables, tan innumerables los factores que inciden, tan impredecible lo que se hace, tan incierto el futuro, que es mejor andar a tientas.
El gobierno del Presidente Kast (o mejor todavía este último) está experimentando ahora mismo este dilema y curándose, es de esperar, de la ingenuidad de creer que basta tener la voluntad o la decisión para tener éxito. El mito del hombre fuerte, del político providencial, que en momentos de crisis se muestra decidido a hacer lo que hay que hacer para superarla, cuyo caso paradigmático es De Gaulle, ha solido acompañar a la derecha.
Pero al gobernar (especialmente en democracia) se experimenta la necesidad de equilibrar lo que se cree es técnicamente correcto o mejor y aquello que asegura, o al menos no enajena, la adhesión de los ciudadanos. Esas alternativas, a juzgar por los debates de esta semana, están representadas por el ministro Jorge Quiroz, empeñado hasta hace poco en limitar la gratuidad a los mayores de treinta años, la primera de ellas, y por el ministro Alvarado o García Ruminot, dispuestos a retroceder en eso, la segunda.
Y a propósito de la necesidad permanente de elegir es que Aristóteles dice que nunca elegimos lo que de veras queremos, sino que casi siempre escogemos algo que en principio no preferiríamos; pero que siempre acabamos eligiendo para evitar males mayores.
Una definición casi perfecta —lo sabe ahora el ministro Quiroz— de la experiencia del político.