Hemos sido testigos de hechos de violencia en escuelas y universidades, desde bombas molotov en el Liceo Lastarria (de donde mi padre egresó), hasta asesinatos en Calama y agresiones a la ministra de Ciencia en la U. Austral. Hechos vergonzosos, pero que no son casuales ni impredecibles.
La izquierda y sus malas ideas lograron revertir la tendencia hacia la mejora que llevaba la educación en Chile. Las reformas de Bachelet deterioraron la calidad, debilitaron las comunidades educativas, aumentaron la deserción, dañaron el financiamiento y disminuyeron la oferta, por cierre de colegios e impedimentos para crear nuevos. En educación superior ocurrió algo parecido, pero los efectos se han notado menos, porque se miden menos.
Las reformas de la izquierda tenían un eje rector, usaban al niño como un medio y no como un fin. Lo usaban como un instrumento para mejorar la educación de los demás (efecto par); para mejorar la integración social (ingreso por el sistema de admisión escolar SAE); para nivelar hacia abajo las oportunidades (prohibición de copago); para igualar rendimientos (prohibición de selección), etc. Todo eso se hizo sin evidencia en el peor de los casos o con alguna correlación media espuria en el mejor, pero claramente ignorando las preferencias de los padres y la dignidad de cada persona.
Las personas tienen un valor en sí mismas, y no son medios para lograr objetivos políticos o ideológicos. Cada padre sabe que su hijo es único y lo que quiere para su educación es darle todas las oportunidades disponibles, para que ese niño sea la mejor versión posible de sí mismo en lo que sea que ese niño elija. Por eso queremos escoger el colegio de nuestros hijos, invertir todo lo que podamos en educarlo, que ojalá lo seleccionen para deportes, música o matemáticas según sus talentos y preferencias. Todas las prioridades de la izquierda nos parecen beneficios periféricos que ideal que se logren, pero no al costo de sacrificar a nuestros hijos. Para ellos queremos las mejores oportunidades, no el promedio de las que logren los demás.
Por eso me preguntan qué hacer con la educación y la respuesta es muchas cosas y que tienen en común la libertad y el pragmatismo. Chile y su loca geografía no aconsejan medidas aplicables siempre y en todo lugar. Las soluciones de Puerto Edén no son las de Puchuncaví o Cerro Navia. Por eso se debe dar libertad a las comunidades educativas para buscar las mejores soluciones para su localidad, con la ayuda y supervisión del Estado central, pero con las menos y no las más imposiciones desde Santiago.
Para ejemplificar, las diferencias: una madre de Cerro Navia está dispuesta a mandar a su hijo a un colegio en Providencia y no en su comuna, porque la primera razón por la que elige colegio es la seguridad personal de su hijo, que vuelva sano y salvo. Esa no es la razón por la cual la mayoría de los lectores de este diario eligen colegio o por la que se elige colegio en comunas rurales, pero es la realidad en sectores vulnerables de las grandes metrópolis. Esa preferencia, sin embargo, el SAE la ignora, por eso se requiere pragmatismo, en el proceso de selección y recordar que el SAE es una herramienta de elección de colegios y no la solución para nuestra integración social. Esta libertad y pragmatismo es clave en seguridad. Cada colegio debe decidir el nivel de seguridad que necesita para garantizar la vida y salud de sus estudiantes.
Un elemento común en los buenos colegios es el mismo que invade a todos los emprendimientos humanos exitosos, desde los equipos deportivos hasta las empresas, esto es (i) alineamiento de los factores humanos en torno a un proyecto común que todos lo entiendan y compartan y (ii) una cultura de altas expectativas, el Yes we can de Obama. Un colegio masón con profesores Opus Dei y alumnos evangélicos no va a tener alineamiento, y si los profesores les dicen a sus alumnos que están condenados al fracaso y no importan lo que hagan o el esfuerzo que pongan, siempre les va a ir mal, no hay proyecto educativo que tenga éxito.
Nuestro país tuvo éxito en los 30 años, porque existían esos dos elementos. Queríamos democracia, libertad económica, integración al mundo, y nos teníamos fe. Cuando la izquierda troglodita se apartó de ese camino consensual terminamos estancados y dudando de nosotros mismos. Por eso en educación y en el resto debemos recuperar el alineamiento y la cultura de altas expectativas. Eso lo haremos con pragmatismo, libertad y disciplina. El Gobierno la tiene clarita, es hora de comunicarlo fuerte y claro.