Desde un comienzo hubo intelectuales conservadores en los EE.UU. que miraron con desconfianza a Trump, pues les parecía claro que el magnate en ningún caso era un representante de las actitudes e ideas conservadoras. En el último tiempo, esa distancia se ha transformado en una abierta crítica a propósito de la guerra de Irán. Veamos con más detalle estas discrepancias.
¿Cuáles son las diferencias entre la política de Trump y el conservadurismo? Ellas son notorias. De partida, para los conservadores, la “ecología política” es muy importante.
Siguiendo a Aristóteles, piensan que sin una mínima amistad cívica no hay política que pueda funcionar. No se trata de negar la existencia de conflictos, pero no se pueden abordar de cualquier manera. Para ellos, las formas son muy importantes.
Visto desde otro punto de vista, los conservadores no aceptan la idea (que la nueva izquierda y ciertas derechas han tomado de Carl Schmitt) de que la categoría política básica es la distinción amigo/enemigo. La primera pregunta que se hacen cuando entran en un parlamento o al palacio presidencial no es “¿quién es mi enemigo?”, sino, por el contrario, “¿dónde está o quién puede ser mi amigo?”.
Ya desde este punto de partida podemos explicarnos por qué esos conservadores norteamericanos miraban y miran con distancia el modo de hacer política de Donald Trump.
Una segunda diferencia, entre muchas otras, está dada por los criterios que enmarcan su acción. En el mundo de Trump, la cuestión decisiva es, en el mejor de los casos, si una conducta se ajusta o no a la ley. Para los conservadores, en cambio, tanto o más importantes son las convenciones no escritas, las tradiciones e incluso una cierta estética política.
Un ejemplo típico es el de Peggy Noonan, una famosa columnista del Wall Street Journal. Ella ha criticado de modo sistemático la rebaja de los parámetros políticos y la degradación cultural que advierte en el estilo que ha imperado en la Casa Blanca en este tiempo. Obviamente, eso no significa que apoye las desmesuras de los demócratas, cuya política identitaria ha sido en buena medida responsable del apoyo de los sectores populares al proyecto trumpista.
En materia económica, la mayoría de los conservadores son partidarios del libre mercado, pero hay una minoría que apoya el aislacionismo al estilo de Trump: los red tories. En realidad, el conservadurismo no incluye entre sus ingredientes una determinada visión de la economía, más allá de ciertas cuestiones básicas.
Ahora bien, la gota que rebasó el vaso ha sido la guerra de Irán. Los conservadores distan de ser pacifistas y admiten la posibilidad de guerras que son justas. Tampoco desconocen la amenaza que para la humanidad significa el hecho de que Irán pueda poseer la bomba atómica. Sin embargo, para ser justa, una guerra tiene que cumplir con diversas condiciones, tanto relativas a la decisión de ir a la guerra (ius ad bellum) como al comportamiento durante las acciones bélicas (ius in bello).
Entre los requisitos para involucrarse en la guerra está la necesidad de que sea declarada por la autoridad competente y que el motivo para llevarla a cabo sea recto. Y aquí empiezan los problemas, porque, más allá de los tecnicismos que se han empleado, ¿resulta razonable iniciar un conflicto de esta envergadura, cuyas consecuencias afectan a todo el mundo, sin el acuerdo del Senado?
Edward Feser ha hecho ver la sabiduría de los fundadores de esa república en orden a situar en el Poder Legislativo la decisión de ir a la guerra. El deber moral de un líder, entonces, es “ser cauto y hacer amplias consultas antes de tomar una decisión semejante” en un tema que constituye un criterio de legitimidad para que hablemos de una guerra justa.
Por otra parte, ¿se trata simplemente de salvar a la humanidad de un peligro inminente o, en este caso, el interés por el petróleo iraní es demasiado evidente? Los intelectuales conservadores han planteado reparos en estas cuestiones.
En cuanto al comportamiento en la guerra, Robert P. George, quizá el más influyente de esos pensadores, ha sido particularmente duro. “No veo ningún otro modo de interpretar la predicción del Presidente Trump en orden a que ‘toda una civilización va a morir esta noche' como no sea una amenaza de ordenar a los militares cometer crímenes contra los civiles”. Su conclusión no puede ser más clara: “Si él dicta una orden semejante, el deber de los jefes militares es rehusarse a cumplirla”.
En suma, lo que decimos importa y también cómo lo decimos. Por eso, R. R. Reno, el editor de First Things, no ha dudado en manifestar su preocupación por esa “retórica aniquilacionista” que “nos insensibiliza y corroe nuestra sensibilidad moral”.
Ciertamente, no es fácil la tarea de dirigir la nación más poderosa del mundo. Con todo, a la luz de estas opiniones, no faltan en el mundo conservadores que piensan que las cosas pueden hacerse de otro modo. Cuestión distinta es si los políticos y votantes conservadores estarán dispuestos a escuchar esas voces incómodas o si piensan que el hecho de reconocer los aciertos de Donald Trump implica justificarle todo, incluso cosas que no parecen compatibles con los principios básicos de su propia tradición.