Todo inicio de gobierno tiene algo de artificial. Cada uno de sus gestos concentra demasiada atención y es escrutado en todos sus detalles. La acumulación de expectativas conduce naturalmente a una especie de encandilamiento, para lo bueno y lo malo. Y, de hecho, en pocas semanas hemos transitado por varias sensaciones. En un primer momento, la nueva administración copó la agenda y pasmó a la oposición; pero, pocos días después, cometió varios errores que sus adversarios buscaron capitalizar. Hasta cierto punto, todo esto es normal, aunque no debería conducirnos a sacar conclusiones apresuradas en ningún sentido. Mientras no baje la espuma, no podremos determinar con precisión de qué se trata este gobierno.
Si lo señalado es plausible, el Ejecutivo se juega buena parte de su destino en las decisiones que tome en los días venideros, porque ellas definirán lo que quede en la superficie una vez que baje la espuma. El desafío, sobra decirlo, es colosal, y consiste en salir definitivamente de la campaña para realizar una administración exitosa. La idea no es negar las promesas realizadas durante el año pasado, sino poseer la capacidad de convertirlas en acciones alineadas con la propuesta. Este punto es clave: José Antonio Kast fue electo con amplia mayoría, precisamente, porque supo tocar las teclas correctas: seguridad, economía y migración. Esas siguen siendo las prioridades de los chilenos, y el Gobierno no debe olvidarlas. En ese sentido, deben comprenderse varias decisiones que responden a la demanda de orden. Kast parece comprender que, si abandona ese eje, toda su narrativa podría desplomarse (y no le falta razón).
Con todo, una cosa es enarbolar el orden como consigna de campaña y otra muy distinta es llevarlo a la práctica. Y aquí nos encontramos con una paradoja: si el Gobierno quiere emplear un lenguaje exigente, el primer imperativo es ser exigente consigo mismo. Dicho de otro modo, solo puede ofrecer orden quien lo posee. Si acaso es cierto que el país vive una emergencia, entonces la administración no se puede dar el lujo de cometer errores, planificar mal o improvisar. Si se quiere, aquí reside el nervio central: enfrentar la emergencia exige un diseño tan nítido como impecable. Por lo mismo, resulta imperioso que el Ejecutivo ajuste las piezas que no están operando bien.
Las dificultades se mueven en tres planos. La primera —quizás la más severa— es comunicacional. Y no se trata solo de la vocera, sino que hay un problema más estructural: en su conjunto, el gabinete comunica poco (con la excepción de Iván Poduje). Copar la agenda no pasa solamente por multiplicar las iniciativas, sino también explicarlas y proteger los flancos abiertos. Un ejemplo puede servir para ilustrar el argumento: es innegable que el ministro de Hacienda no está llamado a ganar concursos de simpatía, pero ese dato supone que habrá otros ministros (de Segpres, Economía, además de otros sectoriales) que sí hacen ese trabajo y muestran un rostro distinto. Sin embargo, no se ha visto mucho en esa dimensión, como si las medidas sobre los combustibles —tan duras como necesarias— no debieran acompañarse de una comunicación mucho más cuidada.
Esto nos conduce al segundo plano, que es más directamente político: los partidos. El gabinete cuenta con muy pocos militantes, lo que obliga a tener una relación especialmente fluida con ellos. De lo contrario, los caciques de las colectividades tardarán poco en tomar distancia, con todas las complicaciones involucradas. Resulta fundamental entonces fortalecer la conducción política: la idea de hacer un gobierno alejado de los partidos es una ilusión que conduce directo al despeñadero. Por último, al menos en las áreas más sensibles, el Gobierno no tiene espacio para cometer más errores. El caso de la ministra Steinert es muy revelador: la encargada del principal tema de campaña —y principal preocupación de los chilenos— lleva semanas envuelta en una polémica evitable, que le impide desplegar su agenda. La mera descripción del asunto revela el carácter absurdo de la situación.
Todo esto resulta cuanto más urgente si recordamos que la oposición carece de estrategia y de líderes reconocidos como tales. Este contexto durará varios meses, pero no será eterno. Por lo mismo, lo que haga el Gobierno durante este año será decisivo, y definirá sus posibilidades para lo que viene. Si logra imponer su agenda, avanzar en sus prioridades y conservar la conexión con la ciudadanía, tendrá un futuro favorable. Con todo, lograr esos objetivos supone ordenar mucho mejor las propias piezas, con un dato importante en mente: aquello que funcionó en la campaña no funcionará necesariamente en el gobierno. La necesaria consistencia discursiva debe combinarse con mucha flexibilidad táctica, al mejor estilo de Jaime Guzmán.
En cualquier caso, nada de esto tiene que ver solo con el Gobierno, ni con el sector que representa. Después de todo, si algo dijeron los chilenos en las urnas es que querían respuestas para sus urgencias. Si la administración frustra esas expectativas, las sucesivas crisis que condujeron a Kast al poder seguirán acumulándose, unas sobre otras, y el país se verá naturalmente tentado por explorar alternativas muy poco amables. Como puede verse, pesa sobre el mandatario una enorme responsabilidad histórica: la de darle al país una conducción que permita enfrentar esas crisis. Cuando baje la espuma, podremos ver cuán cerca —o lejos— está de lograrlo.