Creo que fue Isak Dinensen la que observó que un ser humano podía soportar cualquier cosa siempre que fuera capaz de contar una historia acerca de ello. La frase insinúa que una de las funciones de la palabra consiste en conferir sentido a las cosas que ocurren o acontecen, las que de otra forma se nos aparecen de manera más o menos desordenada o amenazante.
Por eso, cuando a un niño o un adulto, cercano o no, le ocurre algo que suponemos lo agobia, lo primero que se nos ocurre para ayudarle es pedirle que nos cuente qué ocurre, qué es lo que le pasa. Y por eso también una de las formas más antiguas de sanar es la cura por la palabra.
De esa forma, hablamos no solo para comunicar algo a otro sobre las cosas (así se describe el lenguaje en el Cratilo), sino que hablamos sobre todo para estructurar lo que nos ocurre y para conferirle sentido a lo que acontece. Hablamos no solo para decir esto o aquello (a eso se le puede también llamar parlotear, que es una forma menor de la comunicación, o cotillear), sino sobre todo para situarnos en el mundo, para conferir estabilidad a lo que de otra forma parece solo urgente o caótico.
Cuando se atiende a esa característica de la comunicación humana (conferir sentido a las cosas) se comprende fácilmente que los errores comunicacionales en que ha incurrido el Gobierno o su vocera no consisten en haber empleado la palabra “quiebra” para referirse a las dificultades presupuestarias o en haber llamado “condenado” a quien está imputado de cometer un crimen, o en dar una nota estridente de más, o cosas de esa índole. Todos esos no son errores comunicacionales, sino que se trata de simples erratas, gazapos verbales que cualquiera, por nervios, inexperiencia, ansiedad o simple torpeza, puede cometer.
El principal error comunicacional del Gobierno es que, hasta ahora al menos, no posee una línea argumental, por llamarla así, en torno a la cual ordene el conjunto de lo que hace o decide, o sobre la base de lo cual reaccione frente a lo que ocurre. El concepto de emergencia que se ha empleado con profusión todos estos días no sirve para conferir sentido a la acción gubernamental. Una emergencia es, por definición, algo fugaz, un acontecer que irrumpe de pronto y altera el curso normal de las cosas o lo que se esperaba fuera el curso normal. De esa manera, estructurar la acción gubernamental sobre una emergencia real o supuesta siempre remite a una normalidad perdida, equivale a una alarma permanente, que es lo contrario del sentido cuya función es lograr que lo que aparece alarmante deje de serlo cuando se lo observa sobre el horizonte, sobre ese hilo narrativo, por llamarlo así, que la comunicación ha logrado configurar. La principal tarea de la comunicación (y no solo de la comunicación política) es la de conferir estabilidad a lo real, disminuir la contingencia haciendo previsible el acontecer o dando unidad de sentido a lo que ha ocurrido.
A la luz de lo anterior, es fácil comprender cuán importante es la comunicación en la tarea gubernamental y cuán deficiente puede ser esta última si falla la dimensión comunicacional.
Y ese es uno de los problemas que se insinúan en el Gobierno (se insinúan porque ha transcurrido menos de un mes desde su instalación). El Presidente posee un estilo verbal más bien parco y escaso, algo que el resto de los partícipes del Gobierno no logra compensar. No se trata solo de elocuencia, sino de contenido, de contar con un horizonte al que se pueda remitir el conjunto de las acciones que se realizan para de esa forma conferirles sentido. No es un asunto de imaginación o de cuñas, o de periodistas, sino de ideas.
No se trata, en suma, de evitar los gazapos, ni de copar la agenda, ni de llenar las portadas, ni de contar con redes en los medios o de cooptarlos, sino de proveer un significado. Comunicar no es contar lo que se hace o deja de hacer, describir las acciones que se emprenden o las circunstancias que se constatan aquí o allá. Todo eso hay que hacerlo también, claro está; pero todo ello solo adquiere sentido sobre un horizonte de significado que las palabras y el discurso deben ser capaces de construir y hacer verosímil.