Emérito: honor académico conferido por la Rectoría de la Universidad de Chile y el Senado Universitario.
“La música lo dice todo”, musitó Rosa Devés Alessandri, rectora de la Universidad de Chile, al subir al podio. La universidad confería el grado de “emérito” al profesor José Pino, fundador, con otros conspiradores, del Departamento de Ciencias de la Computación, hace 50 años.
El cuarteto de cuerdas de la universidad y de la Orquesta Sinfónica acababa de ejecutar a Antonio Vivaldi y a Wolfang Amadeus Mozart, recados de tres siglos.
En la segunda fila, con ojos tan abiertos, la familia Pino, esos nietos y nietas. En primera fila, la rectora; el decano Francisco Martínez, de Ciencias Físicas y Matemáticas, y el emérito con su esposa, Adriana. Alrededor, colegas, discípulos y los rostros ya maduros de sus compañeros de ruta. Mucha amistad. Porque José Pino ha sido un grande. Y los testimonios hablaron de “humildad, sencillez, humanidad”. El afecto, como un humo, permeaba todo.
“Visionario” fue otro adjetivo. El Dr. Pino dictó un curso de inteligencia artificial en 1979.
Su gran hito se manifestó cuando él y un grupo “de visionarios corajudos”, como los llamó el decano Martínez, crearon el Departamento de Ciencias de la Computación (DCC), “en particular, Patricio Poblete, Alfredo Piquer y Fernando Silva”, dijo el Dr. Pino. Era 1984. Costó. La computación parecía parte de la matemática, una tecnología para crear aplicaciones. Ellos lograron establecerla como una ciencia. Abiertos a prestar servicio, pero, también, a comprender y crear el nudo, el tronco, la ciencia.
“Nunca dejó de confiar en que este proyecto iba a tener éxito y la realidad del DCC hoy le da la razón” dijo el Dr. Patricio Poblete, director del NIC-Chile.
Hoy: 2.197 egresados (uchile.cl/u237952).
“Los logros académicos”, dijo la rectora, “tienen también espíritu y algunas personas, por sus condiciones humanas extraordinarias, son capaces de otorgarles esa impronta con mayor luminosidad”.
El emérito se ha concentrado en el lado humano de los procesos. A mí me maravilla su inventiva. Escribí sobre su compleja aplicación para apoyar los debates en el Parlamento. “Después de tratar infructuosamente de motivar, no seguí insistiendo”, me ha dicho. Y así, descuellan aplicaciones en salud, educación y más áreas. Ahí, siempre, la humanidad, y con los otros.
Estremeció su relato de cuando él, hijo de padres no universitarios, subestimando sus opciones al graduarse del Liceo Nº 1 de San Felipe, fue conminado por el director, Manuel Labrind Miranda: “Debes estudiar Ingeniería Eléctrica y en la Universidad de Chile”. Lo ayudó “a definir mi carrera académica”.
Al fin, nos pusimos de pie. Electrizados por el discurso de la rectora. Y por la voz de la soprano, quien nos lideró, con el conjunto de cuerdas, en el canto del Himno de la Universidad (1942, Julio Barnechea y René Amengual):
“Egresado, maestro, estudiante… Vibre entera la Universidad, ¡vibre entera la Universidad!”.