El inicio del nuevo gobierno ha transmitido un nítido sentido de urgencia. La construcción de la zanja y la captura de casi tres mil prófugos son solo un ejemplo. Y la oposición aparece literalmente desconcertada. El desenlace de las negociaciones parlamentarias es la mejor prueba. Incluso en el férreo PC chileno, mientras la vieja Cuba revolucionaria agoniza, asoman grietas. Otro logro no intencionado de Boric fue dejar una izquierda confundida, fragmentada y sin rumbo. Pero estas son nimiedades si vemos lo que está pasando en el mundo.
Hace 250 años se publicaba “La Riqueza de las Naciones”, de Adam Smith, y comenzaba la independencia de los Estados Unidos. Si la obra cumbre del escocés delineó lo que sería el futuro, en el norte de América se les dio cuerpo a esos ideales. Ambos hechos históricos nos llevan a preguntarnos por el mundo en el que vivimos. ¿Qué pensarían Adam Smith y los foundingfathers (padres fundadores) de todo esto?
Partamos por el intercambio y el comercio. Según Smith, la economía descansa en nuestra propensión a intercambiar. Con la ampliación del mercado, la libertad para intercambiar favoreció a la gran mayoría. Y así como las personas nos beneficiamos con el intercambio, los países también lo hacen con el comercio.
En una época donde el mercantilismo definía las políticas económicas, Smith echa por la borda todo lo que se pensaba sobre economía. La receta mercantilista era que los países debían maximizar sus reservas. Y para hacerlo había que preocuparse del superávit comercial exportando mucho e importando poco. Este principio exigía promover la industria doméstica y fijar altas tarifas de importación. Smith aclara que, si una persona es rica por la cantidad de dinero que tiene, un país no es rico por sus reservas. La riqueza de una nación —recuerde el título de su libro— está en la capacidad productiva de los individuos. Así, el foco cambia del dinero a las personas.
Hoy estos postulados se han visto amenazados por la arbitraria y caprichosa imposición de tarifas a decenas de países, que nos recuerda al mercantilismo. Afortunadamente, un reciente fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos rechazó el uso que hizo Trump de una ley destinada a situaciones de emergencia nacional para aumentar los aranceles. Adam Smith y los foundingfathers deben estar celebrando este fallo. Los checks and balances (pesos y contrapesos) que tanto promovieron vuelven a jugar su rol. Bien sabían que el poder corrompe. Y que la división de poderes entre el Ejecutivo, los tribunales y el Congreso ayuda a mantenerlo a raya.
Ahora bien, ¿qué pensarían de un presidente de los Estados Unidos que a ratos parece querer jugar al “Monopoly” con el mundo? Es cierto que enfrentamos un nuevo orden mundial, que la amenaza de China es real y que Rusia invadió a Ucrania poniendo al mundo en jaque. Pero la ofensiva contra Irán ha abierto flancos inesperados. La mano invisible, que también encarna las consecuencias no intencionadas, podría jugar nuevamente su rol. Si la Corte Suprema golpeó la mesa, quizá pronto llegará el turno del Congreso. La reciente renuncia del jefe antiterrorista, un fiel trumpista, es una señal en esa dirección.
Los americanos pueden entender y celebrar lo que se hizo en Venezuela y lo que podría pasar en Cuba, pero el Medio Oriente es harina de otro costal. Si la guerra se alarga y los precios del petróleo suben, la popularidad de Trump sufrirá. Y si eso sucede, será el turno del Congreso. Las elecciones legislativas de noviembre (las midterm elections) pueden darnos una sorpresa. Sería otra manifestación de la mano invisible de Adam Smith y de los checks and balances de los foundingfathers. Todos ellos, hace ya 250 años, dibujaron los contornos de nuestra democracia liberal. Ojalá sigan haciéndolo.