Vivimos bajo un gobierno peculiar. Triunfó con una votación rotunda, apoyado por una coalición partidaria incoherente y con tensiones internas en varios sentidos (FA y PC). El presidente de 36 años representaba a una generación joven, pero con aspiraciones refundacionales, arrogantemente dispuesta a implementar un modelo institucional nuevo, social, cultural y económico, demostrando displicencia por las realizaciones concertacionistas y el actuar de políticos precedentes.
Se jugó entero por implementar una Constitución que respondía en su totalidad a la concepción ideológica de la alianza, pero que fue rechazada en forma aplastante en un plebiscito, lo que obligó a modificar la agenda, el discurso y pedir auxilio a figuras avezadas de la denostada Concertación, asignándoles la dirección de ministerios y otras funciones.
Su ejercicio fue seguido como lección por los equipos de principiantes. Provocó un cambio en la gestión de ellos, incluyendo al mandatario. Hubo logros a la postre de carácter social y parciales en otras áreas, a tal punto que la conducción y gobernanza se ejecutó en sentido contrario de las directrices programáticas originales. Con todo, los grandes problemas fueron abordados tarde. En fin, recordamos el devenir del régimen.
Faltó profesionalismo, madurez política, hubo más retórica que real conducción, amén de ser errática en ocasiones. Conspiró también en su contra el ideologismo, porque toda ideología con base en fundamentos abstractos potencia el ánimo confrontacional.
Con todo, sin contar a la oposición, hubo diversas críticas que registró la prensa: figuran listas de errores, de fracasos y traspiés, incluso comentarios surgidos desde las izquierdas, dos fatales: “Han fracasado en todo y han terminado por dañar la esencia de nuestra izquierda”, y el balance realizado por Pepe Auth.
El nuevo gobierno obtuvo un contundente respaldo y, al parecer, por lo conocido en días previos, es presumible que predomine la modestia. Enhorabuena, porque los principios rectores y creencias que inspiran la gerencia de un gobierno deben asumirse sin sentido de superioridad. Porque la función prioritaria es servir a la población concretamente, creando condiciones que propicien bienestar general, material y espiritual, privilegiando a sectores vulnerables.
No son necesarias altisonantes manifestaciones discursivas, sino ser desprendido, actuando en función de decisiones fundadas, con autenticidad, siendo dialogantes, eficientes y honestos con el manejo de los recursos y sin excesiva burocracia. Es decir, gobernar con una racionalidad política distinta, con sencillez y sentido común. De lo contrario, continuaremos con ciclos políticos polarizados.