José Antonio Kast no habla bonito; carece de la pasión de Chávez, del ingenio de Lula y de la habilidad para tener una respuesta precisa a cada pregunta. Sin embargo, en sus palabras y gestos de esta semana se advierten cosas interesantes.
Según parece, es un hombre que se enoja, pero no se taima. En estos días no se han advertido en él trazas de rencor o de venganza. Es verdad que anunció unas auditorías al gobierno que termina, pero ellas constituyen una mínima precaución por parte de quien, a su tiempo, deberá rendir cuentas. Ya tendrá que responder de las culpas y descuidos de los suyos y por eso es necesario deslindar responsabilidades desde un principio.
Algunos señalan que estas fiscalizaciones son improcedentes, porque no se han hecho antes. Sin embargo, debemos reconocer que en el gobierno del Frente Amplio/PC se manejaron las finanzas de una manera un tanto peculiar, como lo muestra nuestro gravísimo déficit fiscal. Por tanto, se justifica averiguar si los dineros públicos se gastaron conforme a la ley.
Recordemos que las autoridades de la corona española en América tenían grandes poderes, pero cuando terminaban su período en el cargo venía el temido “juicio de residencia”, donde cualquiera podía denunciar las irregularidades que había advertido. Los afectados temblaban. Eso era muy sano y haríamos bien en aprender de ese ejemplo del pasado y no despreciar la historia.
Quizá lo más importante que JAK ha mostrado estos días es que está dispuesto a no ser simplemente “él”, sino, en primer lugar, el Presidente de la República. No se ha preocupado de aprender a “habitar el cargo”, simplemente lo ha ejercido desde el primer momento. Algunos le criticaron el haber vuelto a reunirse con Gabriel Boric cuando antes se había marchado dando un portazo. A mí me parece muy meritorio, tanto por el respeto que merece la figura presidencial como porque los chilenos valoramos esas actitudes republicanas que ponen en primer lugar el bien de Chile.
Los presidentes no están para darse gustos, sino para servir al país. Se equivocan quienes dicen que Kast ha dejado de ser él puesto que ya no actúa como un diputado díscolo y combativo. Por supuesto que es él mismo, pero todo indica que ha crecido. Los adolescentes son muy simpáticos, pero él ha dejado de serlo. Gobernar es tarea de hombres maduros.
Sus palabras no cautivan, pero a quien las escucha le queda claro que este hombre está dispuesto a trabajar duro, que reivindica el esfuerzo y que nos ha advertido que los tiempos que vienen no serán fáciles, entre otras razones porque hay poca, poquísima plata. Estos son mensajes incómodos, que no oíamos hace mucho tiempo.
Ahora bien, junto con lo que Kast dice, también es importante lo que muestra. Él está lejos de ser un actor que se maneja con toda comodidad en el escenario, pero, a pesar de eso, domina los gestos. Un ejemplo evidente: este es un hombre que quiere a su mujer. Ciertamente, esto no lo habilita para ser presidente, pero en un país en el que casi 300 mil hombres no pagan su pensión alimenticia; donde la violencia doméstica está muy extendida y se ha pretendido presentarlas relaciones entre los sexos bajo el signo del enfrentamiento, a los chilenos nos hace bien ver otros modelos. Necesitamos saber que es posible mantener relaciones familiares que estén inspiradas en otra lógica.
Sospecho que, en los años que vienen, tendremos que acostumbrarnos a mirar sus gestos y conductas más que sus palabras.
¿Cuál fue el momento más importante del discurso del miércoles? Uno que no estaba en el libreto. Cuando un grupo de sus partidarios comenzaron a gritar que querían ver a Boric en prisión, el nuevo presidente no solo pidió respeto, sino que destacó que su predecesor había ejercido el cargo con convicción.
¿Qué tenían en la mente esas personas que gritaban semejantes tonterías? Uno puede pensar que Gabriel Boric fue un mal presidente y que tenía pésimas ideas, pero ¿por qué eso habría de transformarlo en una mala persona y, mucho menos, en un delincuente? Solo alguien que piense que está investido de una superioridad moral infinita puede darse el lujo de hacer esas afirmaciones.
Así como parte de la izquierda no sabe perder, hay otros que no saben ganar. La decidida intervención de Kast muestra que no está dispuesto a tolerar el frenteamplismo de derecha.
Las actitudes moderadas de Kast no constituyen una novedad, pero hay un grupo pequeño de sus partidarios que parecen no haberlo entendido. Todo hace pensar que, cuando se desilusionen de lo que considerarán como falta de convicción de su líder se transformarán en severos críticos suyos.
Quizá sea solo una casualidad, pero es posible que aquello que para algunos son defectos en los discursos de JAK no obedezcan a una casualidad, sino a una decisión deliberada. Sabemos que sus adversarios de izquierda necesitan tener delante a un peligroso ultraderechista y se desconciertan al encontrarse con un típico conservador, a un hombre que no está dispuesto a dejarse capturar en las redes de la dialéctica y que prefiere hablar en la lengua de todos.