Si alguien nos habla de enfrentar una emergencia, es probable que pensemos en la atención de primeros auxilios en la urgencia de un hospital, en la acción de Bomberos ante un incendio o en lo que hacemos cuando un temblor adquiere visos de terremoto. Una emergencia es una situación de peligro o desastre que requiere acción inmediata. El apego del gobierno de Kast a esta imagen, el haber elegido la marca de gobierno de emergencia como título de su relato es potente, presenta varias ventajas, pero también conlleva limitaciones que amenazan parálisis.
La decisión es congruente con la mayor ventaja de su campaña: la de haberse presentado como la antítesis de la continuidad. Solo cabe presentarse como un gobierno de emergencia si algún fenómeno dejó al país en estado calamitoso y ese fenómeno no ha provenido, esta vez, de la naturaleza.
La consigna también refuerza la idea de contraste en un segundo sentido: el nuevo gobierno viene a poner formalidad donde reinaba la informalidad, al trabajo riguroso allí donde hubo improvisación, a tratar con respeto allí donde reinó la descalificación, a estar en los detalles allí donde solo hubo generalidad o frivolidad, a ser pragmático donde hubo ensoñación.
La idea de enfrentar una emergencia evita también la inflación de las expectativas, pues conlleva un diagnóstico que supone una línea de base muy baja. Si partimos de una situación desastrosa, cualquier logro es un avance. En las emergencias recordamos como nunca el valor de estar vivos y, en medio de las peores, solo pedimos salir con vida. Cuando asistimos a la urgencia de un hospital o llamamos a los Bomberos, no esperamos salir en mejores condiciones que las que teníamos antes del desastre, sino solo que pongan término a la propagación del mal. Nos contentamos con que detengan la hemorragia, controlen el dolor, enyesen el hueso roto o apaguen el fuego.
La idea de que se enfrenta una emergencia y que debe priorizarse lo estrictamente necesario dota de adrenalina al equipo gobernante y lo concentra en unas pocas metas; evitando las divisiones que cuestiones valóricas o tareas más complejas producirían entre los variopintos partidos y grupos que lo apoyan.
Si bien el mandato de quien enfrenta una emergencia solo tiene el alcance de detener el mal, reparar y restaurar, el discurso del Presidente es optimista. Pareciera que la aparente contradicción se supera con la idea de que, reparada la emergencia, el alma y esencia de Chile fuera a permitir que brote, sin más, un mejor país; es como si se creyera que un Estado probo y eficiente bastara para que Chile progrese virtuosamente. En esta lógica, lo urgente no es la creación, sino extirpar los males: el crimen, el sobregasto, el exceso de permisos y la migración irregular. En esta lógica, no se anuncian ni cabría se anunciaran reformas estructurales capaces de mejorar la calidad de vida o la convivencia. A lo más se proclama el apoyo de alguna en curso. El nuevo relato parece brotar de una mirada que mezcla, de manera optimista, conservadurismo y nacionalismo.
Un gobierno solo puede ser realizador cuando sostiene un alto nivel de popularidad. Esa adhesión es lo que mantiene unidos a los partidarios y a raya a los adversarios. Un gobierno de emergencia se juega por entero esa adhesión en sus resultados, particularmente en la contención de la delincuencia y de la migración irregular y en el aumento de empleos formales. La empresa puede fracasar si la línea de base en estas materias no se percibiera tan desastrosa como se pinta, si es que la ciudadanía no percibe que el estado del país requería pedir la ambulancia o llamar a los Bomberos, o si —como en el caso de la delincuencia— los buenos resultados solo se alcanzan con una política sostenida en el tiempo. Por mucho que se repita lo del estado calamitoso, la gente sabe bien el estado en que se encontraba antes que aparecieran los encargados de la emergencia.
Una mayoría parece satisfecha con el contraste con el anterior gobierno. Con eso ganó Kast y con eso mantendrá popularidad por unos meses, tanto cuanto se mantenga vivo el recuerdo del gobierno saliente y de los riesgos que corrimos con sus sueños refundacionales. A poco andar, la épica de la emergencia quedará desnuda para sostener la popularidad del Gobierno. Veremos si es suficiente, si el país sigue percibiendo que su situación era ruinosa y que la atención de urgencia que recibe le es suficiente para ir alcanzando la buena salud y el bienestar que cree merecer.