Sí, es cierto. Reuniones con presidentes ideológicamente afines ha habido varias y no son extrañas. Una de ellas la sostuvo el Presidente Gabriel Boric, y antes lo hizo el Presidente Ricardo Lagos.
¿Hay motivos entonces para emitir algún juicio crítico acerca del encuentro sostenido ayer por el Presidente electo en la reunión denominada “Escudo de las Américas”, a la que citó el Presidente Trump?
Hay algunos, desde luego.
Ante todo, y a diferencia de los otros encuentros, este se realizó, informa CNN, en un campo de golf y resort que lleva el nombre del propietario, que es a la vez jefe de Estado, Trump National Doral Golf Resort. Puede parecer un detalle insignificante; pero no lo es para un republicano que de verdad confiere valor a las instituciones, como ha de serlo el Presidente electo de Chile. Las instituciones se configuran por hechos mudos y simbólicos que provienen, entre otras cosas, del lugar en el que se sitúan. Y hay diferencias entre un desnudo campo de golf o un resort y un recinto público con aura institucional. El significado que este encuentro asigna al Presidente Trump —un líder fuerte y decidido— transforma, objetivamente, a quienes concurren y lo escuchan en obedientes socios suyos.
Y es que esta es también una reunión en que el anfitrión, el Presidente Donald Trump, reclama y pretende ejercer total primacía sobre los demás asistentes quienes, lo quieran o no, aparecerán subordinados a él si es que ya no lo son, y en cualquier caso el lugar y el tono de este encuentro servirá de estructura de plausibilidad de esa subordinación, real o imaginada. Creer que algunos de quienes asistan se atreverían a manifestar una idea discordante con el anfitrión (un político sin las inhibiciones que son habituales en los políticos, carente de eso que algún autor llama hipocresía política) es una creencia simplemente ilusa, puesto que ellos fueron invitados no a conversar o dialogar, sino a escuchar.
La idea de que existe un hemisferio en el que un país, Estados Unidos, posee primacía y cuyos intereses han de tener predominancia es comprensible y explicable como un hecho, como un factum del estado de naturaleza internacional ante el que no vale la pena rebelarse. De ahí, sin embargo, no se sigue que deba adherirse sin más a ese punto de vista, o aplaudirlo o revestirlo sin más de corrección, menos firmando una declaración que, sin duda, llevará el nombre del resort o el lugar donde se suscribe. Una cosa es mantener alianzas con los Estados Unidos de América, sobrias, cuidando los propios intereses, y desde una posición de autonomía, lo que es indudablemente deseable, y otra distinta es sumarse a un grupo convocado un fin de semana en un resort para convenir cuestiones estratégicas de largo alcance. Es difícil imaginar a Pérez Mackenna —quien es de suponer sabe distinguir el comercio al que se dedicaba, de esto otro— sintiéndose cómodo en este encuentro.
Y es que mantener, siquiera en los gestos, la diferencia entre los actos oficiales o que no siendo oficiales comprometen simbólicamente a un presidente electo, por una parte, y la domesticidad de un fin de semana en un campo de golf de Miami, o la mera apariencia de domesticidad, por la otra, es un asunto fundamental que construye poco a poco una cierta idea de cómo se concibe el poder y el aura que lo acompaña. Conviene detenerse en este punto. Habermas llamó la atención acerca de las transformaciones que ha experimentado la esfera pública, la que habría transitado desde un ámbito de intercambio de discursos a uno de imágenes y representaciones. Llamó a eso feudalización de la esfera pública, porque los reyes y los señores feudales a él asociados estructuraban su poder escenificándolo, representando un papel, algo semejante a lo que ocurre hoy cuando todo está a la vista de todos. En ese mundo público —en ese ámbito feudalizado— un encuentro de esta índole, en ese lugar, configura o configurará para el Presidente electo de Chile una cierta imagen de cómo concibe y ejerce el poder y cómo se sitúa en él, una imagen que tendrá más fuerza que cualquier reivindicación de republicanismo (en el sentido en que acá se ha venido usando esa palabra, un sentido distinto, como todos saben, al que esa palabra tiene en Maquiavelo y sus escritos sobre los trabajos de Tito Livio).
Lo anterior es suficiente para tomar alguna distancia crítica con ese encuentro, sin que sea necesario pronunciarse acerca de la ideología y los modales que, según era previsible, allí se desplegarían. Después de todo, el Presidente electo Kast tiene todo el derecho a pensar como le plazca (y quienes le votaron adherir a esas ideas reales o presuntas); pero hay ocasiones en que, poniendo al margen las ideas que se tienen (reales o presuntas, cabría insistir), el gesto que se realiza o se consiente y el lugar donde se ejecuta son, como ocurre en este caso, a veces más elocuentes que las palabras, o mejor son un conjunto de ideas sin palabras, un caso de esos en que los hechos terminan hablando por sí mismos.