Cómo no va a ser curioso que el Presidente Boric termine el período estival en Isla de Pascua y después navegando a Juan Fernández. Y cómo no va a ser curioso que otra polémica entrevista gatille el cambio de mando más tenso en nuestra historia reciente. Pero tal vez todo esto no es tan curioso.
Partamos por lo más evidente: la economía. Este gobierno terminará con un crecimiento rasguñando el 2%. En lo laboral celebra la reducción de la jornada a 40 horas y el aumento del salario mínimo, pero la tasa de desempleo promedió un 8,6%, afectando más a las mujeres. Un destacado economista declaró que “en materia laboral este es el peor de los gobiernos desde el retorno de la democracia”. Por si fuera poco, nuestra deuda subió cerca de un 25% sin crisis de por medio. El año 2025 destinamos el 5,1% de todo el gasto público al pago de intereses. Son US$ 4.616 millones. Y para qué hablar del déficit fiscal y la pesada carga que deja a la futura administración.
Habituados a la política como elusión de responsabilidades, el ministro de Hacienda acusa “anomalías” en los ingresos. Lo cierto es que todo esto fue advertido, pero no enfrentado.
En lo político este gobierno dejará la banda en manos de la derecha y no cualquier derecha. Fue un puente entre el estallido y Kast. Una pesadilla que hace cuatro o cinco años la izquierda jamás hubiera imaginado. Pero esta derrota va acompañada de algo peor: la sombra de Boric fue cáustica. Los viejos baluartes de la Concertación que saltaron al rescate terminaron como náufragos a la deriva. La lista es larga. El caso más simbólico fue la derrota de Carolina Tohá ante Jeannette Jara en las primarias. No podemos olvidar a Carlos Montes, quien recién declaró haberle prestado su capital político al Presidente. Quizá lo quemó. En fin, lograron enterrar a la Concertación. Pero irónicamente también resucitaron al neoliberalismo. Vaya ironía.
El ministro Muñoz, que hizo la pega y era reconocido por sus competencias, no pudo escapar de ese trágico destino. Tampoco lo logró el canciller Van Klaveren, otro rescatista-concertacionista. En medio de la vorágine de uno de los mayores escándalos de amateurismo de este gobierno tuvo que dar la cara. El caso del cable submarino ha terminado ahogando o salpicando a los pocos que seguían sosteniendo la estantería.
El cablegate replica y corona una escenografía conocida. Desde la opacidad del caso de los indultos, pasando por la casa de Allende hasta el escabroso caso Monsalve, hay un patrón común que deja muertos y heridos. Primero fue la ministra de Justicia que partió al extranjero. Luego lograron lo inimaginable: mancillar la figura de Allende y dejar fuera de la política a su familia. Con Monsalve, fue el turno de las mujeres. Y como guinda de la torta, Bachelet quedará fuera de la ONU. Todo esto, sin querer queriendo.
Hace cien años Chesterton escribió: “no es que no vean la solución, sino que no pueden ver el problema”. Tal vez ese fue el gran inconveniente de esta generación política. Entre tanta confusión, improvisación, frivolidad, voluntarismo, ingenuidad, impericia, irresponsabilidad, solipsismo —llámelo como quiera— hay una conciencia que conduce a los inocentes a la negación o el autoengaño.
La gran lección de todos estos casos —y de estos cuatro años— es que la política es un oficio que requiere especialistas con herramientas y experiencia. Sobre todo, esa experiencia que aleja a la vanidad y se arrima a la prudencia.
Cuando pase este triste festín de dimes y diretes en torno al cable chino, quizá sabremos lo que realmente ocurrió el último verano de la administración Boric. Todo hace suponer que algunos compañeros se arrancaron con los tarros.
Como puede ver, no es tan curioso el cierre de este gobierno. Al final, termina como fue.