¿Cómo se recordará al gobierno saliente dentro de medio siglo? Lo ignoro, pero cualquier historiador medianamente perspicaz deberá advertir un rasgo singular en nuestras autoridades actuales. Para decirlo de manera amable, una constante en su discurso y sus acciones ha sido una relación un tanto “creativa” con la verdad.
El caso del polémico cable chino es perfecto para ilustrar lo que digo. En un país donde los trámites ante el Estado se prolongan, aquí se avanzó en un asunto particularmente delicado con tanta rapidez como hermetismo. Se dictó un decreto que luego se anuló, para posteriormente decir simplemente que el proyecto estaba en trámite, sin dar a conocer todas estas idas y venidas. Al mismo tiempo, ante una indagación acerca de un viaje de funcionarios de la Subsecretaría de Telecomunicaciones a Shanghái para asistir al Mobile World Congress, un importante encuentro internacional sobre telecomunicaciones, se le dice a la Contraloría que los gastos habían sido pagados por la entidad organizadora (GSMA), pero ella lo niega.
¿Se trata de unos hechos aislados? Me temo que no: el mismo patrón, aunque agravado, se observa en los indultos presidenciales de fines de 2022 o en el caso Monsalve. En todos estos asuntos, las versiones de las autoridades fueron variopintas y contradictorias. En el campo económico, sorprende el descaro con que han ido ajustando la meta fiscal frente a un déficit inaudito del que no logran dar cuenta.
¿Cómo explicar estas opacidades, verdades a medias o explicaciones que no se corresponden con los hechos? Buena parte de los votantes de derecha tienden a abordarlas con un prisma moral: solo la maldad de unos jóvenes mentirosos puede explicar estos desaguisados. Otros prefieren destacar la torpeza, fruto de la inexperiencia de estas autoridades. En efecto, hay que carecer de toda habilidad política para pensar que esas afirmaciones tan desprolijas no iban a ser descubiertas.
Me parece, sin embargo, que no se necesita recurrir a la maldad para entender estos frecuentes enredos, aunque tampoco baste con aludir a la ineptitud de esas personas para explicar su comportamiento errático. Me temo que haya una razón más filosófica detrás de estos hechos que se repiten, aunque no se trate de una filosofía particularmente profunda.
Me explico. La mayoría de nosotros distingue de modo espontáneo entre la realidad que nos rodea y nuestras afirmaciones acerca de ella. Si lo que decimos coincide con lo que efectivamente es, entonces nos encontramos en el terreno de la verdad. En cambio, si nuestras palabras no calzan con la realidad, hablamos de “error” (si es involuntario) o de “mentira” (si existe ánimo de engañar). Esta es la aproximación de las personas corrientes al tema, que básicamente coincide con la tradición filosófica occidental.
Ahora bien, nuestros sofisticados jóvenes progresistas no habitan en ese planeta. Por eso, las decisiones fundamentales de su vida se articulan en torno a “yo siento que” y constantemente utilizan expresiones como “crear realidad” u otras equivalentes. En otras palabras, ellos están inmersos en el subjetivismo.
De ahí, entonces, que las autoridades de la nueva izquierda enfrenten la política de una manera muy distinta a como lo hacían Aguirre Cerda, Ibáñez, Alessandri, Frei, Allende o cualquier otra figura de nuestra historia. Por supuesto que estos políticos podían mentir y a veces lo hacían, pero todos estaban convencidos de que las cosas eran verdaderas o falsas. Y punto: el suyo era un mundo donde la verdad era algo objetivo e importante.
En cambio, para nuestros subjetivistas, esas concepciones binarias son cosa del pasado. Todo para ellos es fluido, desde lo que puede haber pasado cuando tomaban un vaso de pisco hasta el alcance de los acuerdos o el sentido de las decisiones políticas, entre ellas, unos indultos. Para mentir, hay que reconocer una realidad que está allí de manera independiente de nosotros y admitir que somos responsables de nuestros actos, incluidas las palabras que pronunciamos, pero, en el marco de ese tipo de subjetivismo, las nociones mismas de verdad y mentira quedan difuminadas.
En este contexto, convendría recordar a nuestras autoridades unos breves versos que compuso Antonio Machado hace cien años: “¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela”.
El proyecto de la nueva izquierda pretendía no solo hacer determinadas reformas, sino, en el fondo, transformar la realidad hasta el punto de cambiar nuestro sentido común. El fallido proyecto constitucional que iba a ser su armazón institucional nos presentaba un mundo patas arriba, donde se hacía trizas nuestra tradición institucional. Los chilenos no estuvimos de acuerdo y lo rechazamos de modo masivo. Pensamos que este mundo que, con tanto sacrificio, nos han legado nuestros mayores tiene muchos defectos, pero no es tan malo como ellos dicen y, en todo caso, es bastante mejor que ese que la nueva izquierda nos propone.
En suma, todo hace pensar que queremos mantener nuestra vieja e ingenua concepción de la verdad, es decir, que a los chilenos nos molesta que se la maltrate de modo sistemático o que se rían de ella.