El Gobierno se inició con el apresurado e improvisado viaje de la ministra del Interior a Temucuicui y termina con otra pantomima de aficionados, como va develando ser al affaire cable a China. Entre medio, la mayor y más grave de las chambonadas: la propuesta constitucional, que, afortunadamente, cambió el curso del Gobierno y el rumbo que, hasta allí, parecía llevar la historia.
Los tres episodios, y tantos otros que ocurrieron entre medio, están marcados por el voluntarismo, ese impulso que hace pensar que bastan las buenas intenciones para que las obras sean virtuosas. Tras tales eventos, se devela ese purismo de las almas bondadosas que atribuye la miseria del mundo a la maldad de los otros y cree que la complejidad de los medios no es más que la excusa de los egoístas para que nada cambie a la velocidad debida. En todas esas audaces e improvisadas decisiones, pero particularmente en la propuesta constitucional, se mostró esa ilusión de pensar el orden social como arcilla dócil en manos de la voluntad política, su poderoso alfarero.
El lío del cable tiene de los mismos ingredientes. Por supuesto que Chile tiene todo el derecho y está en su interés intensificar su potencial informático y sus relaciones comerciales con China. Pero, al igual que en los otros dos episodios mencionados, no podía menos que saber los conflictos que se compraba; esta vez con Estados Unidos; los que, por lo demás, fueron —no sabemos con qué detalle— advertidos por el embajador de ese país.
Por cierto que el Gobierno, luego de evaluar esos costos, pudo haber decidido (soberanamente) asumirlos, al sopesarlos con las ventajas. Lo que nos deja en ridículo es que el proyecto se haya aprobado y dos días después, al parecer al dimensionar el berrinche de Estados Unidos, la resolución aprobatoria se haya anulado, dando, para peor de los colmos, la infantil excusa de un error de tipeo, para luego decir que el proyecto estaba en evaluación, como si la ciudadanía y los dos Estados interesados fuéramos imbéciles, incapaces de dimensionar la gravedad de la trama.
Al igual que en otros episodios, la improvisación y el voluntarismo terminan en el peor de los mundos: Estados Unidos entenderá que este es un país dócil, para el cual basta un par de visas retiradas y unas palabras fuertes para que deje sin efecto sus decisiones que, para peor, las autoridades tildaron de “soberanas”. China, por su parte, asumirá que somos un socio poco confiable, que hace y deshace negocios, según los dictados de Washington. Ya su embajador, con prepotente soberbia, nos trató como una débil republiquita a la que había que proteger y explicarle sus derechos. Y en medio del desaguisado, el jefe de Estado sale a defender con orgullo dolido una decisión que tilda de soberana, en condiciones que la misma ya había sido anulada por graves problemas de tipeo, para luego, terminando de deshabitar el cargo antes de tiempo, anunciar que soltará el timón, que le heredará el problema al próximo gobierno y que presenciará el choque de trenes desde las cómodas butacas opositoras.
Siempre queda el consuelo de que de los errores se aprende; que a los del Frente Amplio les tocó gobernar cuando apenas maduraban políticamente. Sin embargo, las altisonantes y orgullosas voces enarbolando la soberanía, mientras, a un tiempo, se anulaba la medida, y la explicación del error de tipeo, manifiestan que no se ha aprendido la primera y principal de las lecciones políticas para un demócrata: que a la ciudadanía se la trata con el respeto que merecen los iguales y no como a niños a quienes se engaña con cualquier embuste.