En un cierre de gobierno marcado por una crítica y pesada herencia fiscal, la postulación de Bachelet a la ONU y los frecuentes desaguisados, el apoyo humanitario a Cuba representa un verdadero dilema moral.
El gran filósofo Immanuel Kant (1724-1804) es conocido como el padre de la deontología (deontos es deber en griego). En su concepción de la moral, la razón y el deber juegan un rol fundamental. Kant nos plantea que existen máximas morales, pero solo algunas de ellas pueden convertirse en una ley moral. Estas leyes son el imperativo categórico que, mediante el uso de la razón, nos obliga a hacer lo moralmente correcto. Dicho de otra forma, el imperativo categórico nos impone el deber moral. De aquí surge la ley moral: “Actúa solo de acuerdo con aquellas máximas que constituyan una ley universal”.
En la otra vereda aparece la fascinante figura de Jeremy Bentham (1748-1832), padre del utilitarismo. Al comienzo de “Una introducción a los principios de la moral y la legislación” (1781) nos dice: “La Naturaleza ha puesto a la humanidad bajo el gobierno de dos soberanos, dolor y placer”. Siguiendo el principio del epicureísmo y el hedonismo, Bentham sentó el concepto de utilidad: los seres humanos maximizamos la utilidad, minimizando el dolor y maximizando el placer. A Bentham no le importaba mucho si se hablaba de utilidad, bienestar, beneficio o simplemente de felicidad. Lo importante era maximizarla. Su foco no era el deber moral, sino las consecuencias o resultados de nuestras acciones.
Benjamin Constant (1767-1830) se oponía al utilitarismo de Bentham sosteniendo que los derechos no se podían someter a una calculadora. Y con agudo pragmatismo cuestionó a Kant y su estricto deber moral. Ya que se nos exige no mentir, en sus “Reacciones Políticas” (1796) pone el dedo en la llaga: ¿no podemos mentirle a un asesino para salvar la vida de un amigo? Kant, en su ensayo “Sobre un supuesto derecho a mentir por motivos altruistas” (1797), responde insistiendo que mentir viola la ley moral, aunque esté en juego la vida de otro.
Ahora bien, este debate entre el deber y las consecuencias sigue vigente. El caso del apoyo a Cuba es un buen ejemplo. La mayoría se ha enfocado en las supuestas consecuencias. Y algunos, como Carlos Peña en su columna dominical, justifican dicho apoyo con argumentos kantianos. Para el rector “permitir la ayuda en medio de crisis humanitarias es un viejo principio de lo que pudiera llamarse el orden moral internacional. Se trata de un principio moral”. Aunque exista una dictadura, sigue siendo un imperativo moral que “no se subordina a un cálculo de consecuencias”. Esta posición kantiana tiene sus aristas. La cruda y dura realidad, como diría Constant, exige sopesar las circunstancias.
En el orden mundial la ayuda de un millón de dólares es paupérrima (menos de $100 por cubano). Frente al apoyo de otros países como México y Brasil, Chile hace un saludo a la bandera. Aunque objetivamente es una limosna, también es simbólica. La causa que realmente motiva esta modesta ayuda es el Partido Comunista, que tiene y ostenta el poder dentro de este gobierno. No olvidemos que este gobierno —¿todavía se llama Apruebo Dignidad?— sigue siendo una coalición entre PC y el Frente Amplio.
La influencia del PC durante este gobierno ha sido manifiesta. Sigue amarrando contrataciones y hasta Javier Etcheberry, reconocido y emblemático director del SII, confesó los entretelones de su renuncia. Esa maniobra orquestada por el PC fue aceptada por Boric. Con el PC chileno, aferrado a la Guerra Fría, no se juega.
Mientras Cuba vive momentos críticos, este año se conmemora el centenario del natalicio de Fidel Castro. El PC chileno ya debe estar preparando las celebraciones. Ellos sí que saben lo que es el deber sin importar las consecuencias.