Mientras escribo estas líneas, consulto el diario Granma, órgano del comité central del PC cubano. Su diseño se parece a los medios de prensa de algunos pueblos chilenos de hace cuarenta años, pero no logra tener el encanto de lo retro. En primera página, nos informa sobre la llegada de dos buques mexicanos con ayuda para la isla; se recogen las críticas de unos funcionarios de la ONU al bloqueo estadounidense y las sentidas declaraciones del Instituto de Oncología que se niega a rendirse ante la adversidad sanitaria.
En cada página aparece un letrero: “100 años con Fidel”. Se refiere al centenario del nacimiento del líder de la Revolución (1926-2016), pero también parece ser una sombría sentencia que se pronuncia sobre ese pueblo, porque la monarquía cubana parece no tener fin: ni la invasión de Bahía Cochinos (1961), ni el bloqueo, ni la crisis económica, ni las protestas de 2021 han tenido la fuerza suficiente como para hacer experimentar a los cubanos de hoy algo que ni ellos ni sus padres ni sus abuelos han conocido: la democracia.
Me refiero, obviamente, a los cubanos que viven en la isla, porque para saber qué habría sido de ese país si hubiese gozado de las bendiciones de la libertad que no tuvo ni con Batista ni con Castro basta con asomarse por Miami.
La República Democrática Alemana tuvo el Muro, pero los muros se caen. La Revolución Cubana ha contado con el privilegio de llevarse a cabo en una isla: la geografía es una buena aliada del socialismo y permite tener un control privilegiado sobre la población.
Quince años después de la conquista del poder en La Habana por parte de las fuerzas de Fidel (1959), Luis Avilés compuso una obra que rápidamente se transformó en el himno de los cubanos en el exilio y de todos los exiliados del mundo. “Cuando salí de Cuba” era una canción llena de nostalgia, que hablaba de una tierra donde los emigrados habían dejado su corazón. Sin embargo, en sus versos había algo de esperanza: “Una triste tormenta / Te está azotando sin descansar / Pero el sol de tus hijos / Pronto la calma te hará alcanzar”. Lamentablemente, no fue así, porque casi setenta años después ese sol y esa calma no han llegado.
Para que una dictadura semejante pueda haber durado tanto tiempo no basta con señalar que fue subsidiada primero por la Unión Soviética y luego por Venezuela. Tampoco es suficiente hablar de la constante represión o del complejo sistema de vigilancia ciudadana, donde uno sabe que cualquier vecino puede estar pasando información al régimen, no por maldad, sino porque en los socialismos reales las autoridades saben cómo doblegar las voluntades más rebeldes. Sin una mística y un apoyo de parte de la población es imposible que se mantenga un sistema así.
El tiempo, sin embargo, no pasa en vano. Los disidentes siguen en prisión, se mantiene el régimen de partido único, las calles están llenas de basura y la prostitución que humillaba a los cubanos durante la dictadura de Batista es aún mayor que entonces.
Hoy podemos constatar que la Revolución ha perdido la mística. Fidel era un tirano, pero tenía encanto. Su figura cautivaba a esa burguesía occidental que ama las revoluciones siempre que permanezcan en pósteres y canciones. Su hermano Raúl ya no era lo mismo, pero todavía tenía algo de atractivo. Además, era más humano que Fidel: al menos salvó algunas vidas de las garras del Che Guevara, que las reclamaba cuando alguien se había apartado de la ortodoxia socialista.
Miguel Díaz-Canel, en cambio, no tiene nada salvo haber sido un funcionario fiel al partido. En realidad, en algo les gana a los Castro, porque tiene un título académico: nada menos que un doctorado (Universidad Central de las Villas), obtenido en 2021 mientras el resto de los gobernantes del planeta lidiaba con la pandemia. El tema de su investigación es perfecto para un país estancado: “Sistema de Gestión Gubernamental Basado en la Ciencia y la Innovación para el Desarrollo Sostenible en Cuba”, pero parece una burla si se piensa que está hecha por una autoridad de ese nivel. Obtuvo la nota máxima y fue calificada como “totalmente espectacular” por uno de sus profesores.
En “Fidel y el Che” (2002), una película de David Attwood, se muestra la épica de la Revolución: fue la rebelión contra un régimen arbitrario y corrupto, y también una protesta contra la humillante omnipresencia del régimen norteamericano en la isla, que fue un problema permanente desde 1898, cuando la nueva potencia le ganó la guerra a España. Sin embargo, cuando Fidel y los suyos llegaron al poder aparecieron otras formas de corrupción y muy pronto se esfumó esa libertad que muchos habían anhelado por largo tiempo. La película no dejó contento a nadie, porque es una materia donde la gente no está dispuesta a hacer matices.
La situación actual no puede ser peor. Si le creemos a nuestra izquierda, todo es culpa del bloqueo norteamericano, pero los presos políticos no son responsabilidad de los EE.UU., ni tampoco la persecución religiosa o el régimen de partido único. Las recetas económicas que el castrismo ha aplicado han traído pobreza en todas partes del mundo, con o sin embargos. Es posible que el régimen esté, finalmente, en su última hora, precisamente en medio de los festejos del centenario de Fidel, pero, en caso de producirse, será la muerte sin épica de un sistema que durante sesenta y seis años hizo de la épica el fundamento de su existencia.