¿Es razonable prestar ayuda a Cuba en estos momentos? Si la ayuda se presta para sostener al régimen cubano, la respuesta es no. Si se la presta para aminorar una crisis humanitaria, la respuesta es sí. Y si ambos aspectos no se pudieran en los hechos separar —de manera que la ayuda con propósitos humanitarios acabara ayudando a mantener el régimen—, la respuesta también es sí.
(Un ejemplo anticipa el argumento que sigue. Si su contrincante político en una elección está en peligro de muerte, botado en el camino, ¿debería ayudarlo o dejarlo morir? Si lo deja morir para ganar la elección, usted estaría obrando moralmente mal. La reflexión indica que su deber es ayudarlo, al margen de la opinión que tenga acerca de él o sean cuales fueren las consecuencias políticas que se sigan. Mutatis mutandis —cambiando lo que hay que cambiar—, hay que ayudar a Cuba en vez de rendirla por hambre).
Permitir la ayuda en medio de crisis humanitarias es un viejo principio de lo que pudiera llamarse el orden moral internacional. Se trata de un principio moral porque el deber de prestar esa ayuda es independiente de las causas que generen la crisis o de la opinión que se tenga respecto del régimen que la causó o que contribuyó (como es el caso de la dictadura cubana) a causarla. Se trata, en otras palabras, de un principio incondicional. De esta manera la opinión que se tenga de la dictadura cubana, por una parte, y el punto de vista acerca de la necesidad de prestar ayuda humanitaria, por la otra, son independientes entre sí. Se puede tener una mala opinión acerca del régimen cubano (o haber llegado a tenerla, como ocurre a tantos conversos), pero al mismo tiempo creer que lo correcto es prestar esa ayuda (aunque muchos conversos también piensan inexplicablemente que el rechazo al régimen debe conducir a rechazar toda ayuda).
La noción de crisis humanitaria, salvando las distancias, se emparenta conceptualmente con la parábola del buen samaritano. En ella, como saben los creyentes, un habitante de Samaria, despreciado en la época por idólatra, ayuda a un judío malherido. No emplea el dolor o la herida del judío para tomar venganza, ni espera su debilidad para enrostrarle la actitud que ha tenido con él, ni le enrostra nada, sino que simplemente, sin ningún sentido de oportunidad religioso o utilitario, y sin atender a las consecuencias ulteriores que su acto podría provocar, le presta ayuda. Por supuesto sería absurdo y exagerado ver en el caso de las crisis humanitarias una muestra fidedigna de la parábola, pero hay algo en común entre esta y aquellas: en ambas existe el deber incondicional de prestar ayuda, siquiera mínima, con prescindencia de la opinión o el punto de vista que se tenga de las causas que han producido la crisis.
Esa parábola es una notable lección de moral: si hay principios morales, enseña, entonces son incondicionales y no atienden a las consecuencias que se siguen de apegarse a ellos.
Pero —se dirá— ¿acaso prestar ayuda humanitaria no tiene como efecto sostener al régimen dictatorial? Es posible que sí; pero, aunque así fuera, ello no anula el deber de prestarla. La ayuda humanitaria —cabe insistir— es incondicional y no se subordina a un cálculo de consecuencias, no es una medida de política internacional, sino una excepción moral, por llamarla así, a las reglas de la política o de la guerra. Pensar que es necesario calcular las consecuencias antes de socorrer a quien lo necesita es una forma de derogar la misma noción de ayuda humanitaria o, si se prefiere, equivale a pensar que rendir a un régimen dictatorial hambreando a su pueblo (aunque sea el mismo régimen el que haya provocado esa hambre) es algo moral o incluso políticamente correcto.
Así las cosas, no cabe duda de que la decisión del gobierno del Presidente Gabriel Boric (cuya actitud en materia de derechos humanos es incuestionable) es correcta cuando se atiende a los principios humanitarios. Cuba es una dictadura, de eso no cabe duda, que ha privado de derechos a su pueblo (sí, de los derechos liberales que hoy se intenta relativizar); pero de ello no se sigue que para acabar con ella haya que sacrificar a millones de personas incrementando las carencias que ya padecen y abrigando esperanzas de que el hambre realice lo que la política no ha podido.
Pero, por supuesto, como entre quienes se han opuesto a esta ayuda hay gente piadosa que hoy irá a misa, y hay también la que recordará los tiempos en que aplaudía al régimen del que ahora abjura, es de esperar que lean Lucas 10: 25-37, recapaciten y reconozcan que ayudar humanitariamente nada tiene que ver con la posición política.