“Cuando hablamos de pornografía, hablamos de un territorio de creación que siempre desafía los límites de lo permitido y lo prohibido, lo visible y lo velado, lo público y lo privado, lo implícito y lo explícito. La pornografía, de hecho, muchas veces funciona como un reflejo de dichos límites haciendo que aquello que llamamos pornográfico sea definido, regulado, restringido y delimitado en sus posibilidades de creación, exhibición, apreciación y circulación”.
Con el párrafo anterior partió la “7{+a} Muestra Internacional de Cine y Placeres Críticos: Excéntrico”, patrocinada y financiada por el Ministerio de las Culturas de nuestro país y que se denominó “Pasión y exceso”. Mientras todo Chile se quejaba del calor y en el sur se quemaban por los incendios, en Valparaíso decidieron organizar el panorama más hot del verano. Películas de la categoría de “Nicole Dickman” y “La Perra”, y una que su solo título sugiere delicada y sutilmente un contenido cultural imperdible grabada con actores amateurs seleccionados por el sindicato comunista del SII, de entre contribuyentes de contribuciones: “I reallywanttogetfucked”, fueron exhibidas con el generoso financiamiento de nuestros impuestos. De hecho, no se puede descartar que el “pase cultural” que permite recibir 50 mil pesos a los jóvenes para ser consumidos en cultura se haya gastado en esta muestra cultural imperdible para un adolescente.
La exhibición de “La Perra” supongo que no habrá sido auspiciada también por el Ministerio de la Mujer, porque, sin haber visto la película, me imagino que la referencia canina no tiene un propósito enaltecedor de la generosidad del alma femenina.
En otro párrafo exquisito escrito en karamanés, los organizadores nos explican que el sentido de la muestra va mucho más allá de motivar al inveterado onanismo de la izquierda chilena, y le dan un propósito mucho más profundo —cuyo sentido invito al lector a desentrañar— del siguiente texto: “En esta agitación de las fronteras en las que se ubica lo pornográfico, nos reunimos diversos conspiradorxs que apostamos por cuestionar apasionadamente el estigma que cae sobre la creación pornográfica, reivindicando su valor artístico, político, terapéutico, libidinal, pedagógico y comunitario. La producción y circulación de imágenes del sexo es una labor afectiva y performativa que responde a propósitos diversos y cumple una función sensible entre quienes las crean y sus audiencias, invisibilizada y desconocida por los pánicos morales que atacan a la creación pornográfica a través de generalizaciones y argumentos estereotipados”.
Confieso que nunca he sentido el pánico moral derivado de una actividad performativa de sexo comunitario. Como que me da cosa, o tal vez al pudor ahora se le denomina pánico moral. La total desvinculación del sexo con el amor tiene su correlato cultural en la total desvinculación de la belleza con el arte. Como reflexionaba el filósofo Roger Scruton, a partir de “El urinario” de Marcel Duchamp, el arte moderno reemplazó la belleza por la originalidad. Y desde entonces hemos tenido que convivir con muestras de arte repugnantes como “Bogey Ball”, de James Ford, donde el artista recolectó sus mocos en una jarra. O esa expresión artística denominada “Umbilical Art”, en que artistas hacen esculturas con cordones umbilicales. Ya me parecía algo fetiche, pero de cierta manera tierno, guardar mechones de pelo de las guaguas. Pero hacer esculturas con el cordón umbilical es —para ponerle un título de película porno— too much.
Cuando se habla de que el Estado ha crecido fuera de control y que, capturado por la izquierda, se dedica a extraer recursos de los que producen para regalarlo a amigos y camaradxs, nos referimos exactamente a esto. Me da lo mismo que se haga un festival de cine porno donde se junte el Frente Amplio y el PC para consagrarse a Onan, que es más o menos lo mismo que hacen el resto del año. Incluso que lo anime Monsalve y haya un striptease de las “cuerpas” de la coreógrafa Irina, pero que se lo financien ellos mismos. Dejen al erario fiscal tranquilo para que sea destinado a reconstruir Viña y Lirquén. O por último, para hacer un festival de cine infantil en Concepción para esos niños que este verano solo han sabido de sufrimiento. Al organizador, los contribuyentes le financiamos sus estudios de posgrado con Becas Chile y ahora le financiamos esta expresión cultural. Al ver este tipo de mal gasto público, me parece que el objetivo de Kast de ahorrar 6 mil millones es poco ambicioso. Se puede más.