El anuncio de la candidatura de Michelle Bachelet a la ONU puede leerse como un perfecto condensado de la actual administración, tanto en política interior como exterior. De alguna manera, es un modo coherente de despedirse del poder: no hay proyecto político, pero abundan la performance y las frases grandilocuentes.
En el plano interno, la postulación de la exmandataria posee la innegable virtud de cumplir varios objetivos al mismo tiempo. Por de pronto, es un excelente pegamento para las izquierdas. Cabe recordar que un año atrás, Michelle Bachelet se retiró al sur a reflexionar sobre una eventual candidatura presidencial, a sabiendas de que su nombre recibía todos los respaldos posibles. Tal como el 2013, Michelle Bachelet encarna la unidad progresista, y sabemos que tal es el propósito que se ha trazado el Presidente Boric. Para comprender el alcance de este hecho es necesario anotar que este gobierno actual no ha logrado configurar una plataforma política que le brinde soporte, más allá de la colección de nombres. No hay cultura de coalición ni confianzas recíprocas que permitan construir un proyecto. En ese contexto, el solo nombre de Michelle Bachelet produce unidad, aunque nadie sabe muy bien qué puede significar de cara al futuro.
En cualquier caso, la postulación de Michelle Bachelet es, a todas luces, un regalo envenenado para José Antonio Kast. En efecto, el mandatario electo pagará costos elevados sea cual sea su decisión. Si mantiene la candidatura, su base no lo comprenderá; y, si la retira, iniciará su gobierno con una oposición irritada. Debe reconocerse que, desde esta perspectiva, la jugada de Gabriel Boric es hábil: une a los propios, complica al adversario y le deja como legado un problema mayúsculo al nuevo inquilino de Palacio.
Ahora bien, si lo señalado es plausible, cabe preguntarse si la política exterior de Chile debe estar movida por criterios de esta naturaleza. Esto nos conduce a la dimensión de política exterior que revela la decisión presidencial. El mandatario y sus ministros suelen recurrir al concepto de “política de Estado” para explicar sus posiciones, buscando revestirlas de legitimidad republicana. Así, el concepto es enarbolado como un fetiche: si hay política de Estado, las oposiciones deberían callar. Todo esto constituye, desde luego, un gigantesco embuste. Si de verdad se busca la manida “política de Estado”, el Gobierno debería haber conversado con los principales partidos, con el Presidente electo y los excancilleres. Ese es el modo de asegurar continuidad y apoyo transversal a cualquier decisión. Sin embargo, el mandatario tiende a ver las relaciones exteriores como una especie de santuario reservado a su persona: él decide, y todos deberíamos seguir sin chistar.
En rigor, Gabriel Boric ha querido transformar sus propias pulsiones —legítimas en cuanto tales— en política del Estado de Chile, sin comprender que las relaciones exteriores exceden a su persona. De muestra, un botón: ¿quién puede suponer que una alianza con Lula y Claudia Sheinbaum puede convertirse en el eje de la política exterior de Chile? ¿No hay allí un modo de alinearse que no tiene nada de neutral? ¿No es Lula uno de los mayores responsables de la tragedia venezolana? ¿Estaría Gabriel Boric dispuesto a respaldar, como “política de Estado”, un alineamiento contrario de José Antonio Kast, con Orbán, Meloni y Milei? Por otro lado, si Gabriel Boric hubiera querido darle viabilidad a la opción Bachelet, ¿no correspondía ser más mesurado con el gobierno de Trump, cuyo apoyo resulta indispensable para llegar a la Secretaría General? ¿El constante uso de redes sociales por parte del mandatario, y sus reacciones en caliente, también califican de “política de Estado”? ¿No se esfuerza por hablarle a su barra, como un activista, más que por ponderar los efectos de sus declaraciones? Mención aparte merece nuestro canciller, quien ha respaldado sin chistar el activismo del mandatario, en lo que constituye una enésima prueba de la subordinación absoluta de la vieja Concertación: se han convertido en dóciles funcionarios, con nula capacidad de mostrar iniciativa política.
El mundo vive momentos extraordinariamente delicados. Los equilibrios tradicionales, a los que estuvimos acostumbrados durante décadas, dejaron de existir. Nos dirigimos, aceleradamente, a una era distinta, de mayores fricciones y pugnas entre grandes potencias que buscan ganar espacio en el nuevo mapa geopolítico. La función que cumplirá la ONU en el nuevo orden no es nada de clara, pero es obvio que deberá adaptarse si no quiere condenarse a una irrelevancia total. Sin embargo, en lugar de discutir sobre el papel de Chile y de la ONU en la nueva realidad, seguimos inmersos en una lógica de política pequeña, incapaz de mirar más allá de nuestras narices. Uno de los grandes retos de José Antonio Kast pasa por elaborar un diagnóstico y un discurso sobre el nuevo orden internacional, que no puede limitarse a ser el exacto contrario de Gabriel Boric. Cualquier decisión respecto de Michelle Bachelet que no remita a una reflexión más amplia nos mantendrá en la misma situación: como ciegos en un laberinto.