Sin soltar ni por un minuto la mano de su cónyuge (es de esperar que eso se modere porque, de seguir, a poco andar se convertirá en motivo de burla, puesto que, cogida de la mano y dejándose guiar, se la infantiliza como si fuera un mero apéndice), José Antonio Kast realizó esta semana una gira europea en la que, junto con reunirse con lo mejor (es un decir) de la democracia iliberal, hizo un discurso, el más plagado de ideas que hasta ahora ha pronunciado. En la Cumbre Transatlántica por la libertad de expresión diagnosticó el estado de la sociedad contemporánea como el resultado de una cultura que se habría, poco a poco, infiltrado en la esfera pública, y que estaría dominada, según dijo, por los ismos, el feminismo, el ambientalismo, el animalismo. Ese conjunto de ideas habría generado una multitud, una verdadera inflación de derechos que proveen de pretextos para limitar la libertad vaciando de contenido, a fin de cuentas, a la democracia. Al escuchar el discurso, se pone de manifiesto el verdadero yo del Presidente electo.
¿Cuál sería ese verdadero yo que, aflojada la represión como suele ocurrir cuando la gente está entre amigos, acaba de asomar?
Es el de una derecha que —al revés de la derecha, por decirlo así, más liberal o que intenta serlo— cree que los problemas que aquejan a la sociedad no son las malas políticas públicas, o los problemas de eficiencia, o el manejo voraz de los recursos públicos por quienes se hacen del Estado. Todo eso, en su opinión, influye; pero el verdadero problema sería cultural. ¿Qué quiere decir que sea cultural? Lo que esto quiere decir es que el problema final de nuestra época es de valores, de los bienes finales en los que se cree y a los que se aspira. Luego, la lucha política es ante todo un asunto cultural. El problema consistiría en que en nuestra época se habría olvidado el papel de la familia como “el lugar primario y último de la existencia”, esa experiencia en pos de cuyo mantenimiento habría que sacrificarlo todo. Ella ilumina también, en opinión del Presidente electo, la educación, puesto que ella ha de estar en manos de la familia y no del Estado. En suma, afirmó el Presidente electo:
….no basta con resistir, no basta con denunciar y no basta con conservar los espacios. Tenemos que participar, tenemos que influir y ganar (…) Esto —concluyó el Presidente que será en unos días— no es solamente una batalla cultural, sino que también es una batalla política y moral.
Imposible mayor claridad.
Para decirlo de otro modo: la política (batalla política fue la expresión que usó) es también una batalla cultural o, si se prefiere, la cultura es el campo de batalla de la política.
Basta haber leído a Gramsci o a Mannheim o a Weber (aunque es probable que el Presidente electo no ha perdido tiempo en eso, y ha preferido el atajo de leer los sencillos discursos de VOX y así empaparse del papel de las ideas en la vida social) para saber que la cultura importa, y que las ideas que se generalizan en la esfera pública poseen incidencia en la forma en que se relacionan las personas, la esfera de autonomía que poseen y la forma en que se relacionan con el Estado. Sí, por supuesto, la cultura importa, puesto que establece las formas reconocidas de interacción entre los seres humanos y establecen un momento de incondicionalidad a respetar a ultranza.
Nada hay que reprochar a ese planteamiento acerca del papel de las ideas que formuló el Presidente electo.
El problema es que esas ideas que él pretende han de triunfar en la batalla cultural es difícil conciliarlas con la cultura de una sociedad abierta y plural, que reconoce amplios ámbitos de autonomía personal y sexual, formas culturales, y diversas formas de vida familiar. De manera que es difícil que la mera persuasión la modifique, y entonces, la tentación de emplear el Estado para hacerlo (es cosa de mirar a los héroes y heroínas que ha visitado en su gira) es muy alta.
Y el otro problema es menor, pero intrigante: ¿Coinciden con esas ideas Francisco Undurraga, Louis de Grange, Francisco Pérez Mackenna, por nombrar algunos a quienes habría que suponer alguna forma de liberalismo y comprensión de una sociedad plural? Y si no coinciden, ¿qué hacen allí?, ¿acaso están presos de la ilusión de que la política son políticas públicas y no, como acaba de decir el futuro Presidente Kast, su líder, una batalla cultural por las verdaderas ideas? ¿Son acaso soldados involuntarios que no coinciden en medio de la batalla con las ideas del líder, pero que una vez desatada la escaramuza o puesta la insignia ya no pueden desertar?
Quizá habría que preguntarles.