¿Cuál es el principal problema que hoy tiene Chile? Depende de cómo lo miremos. Si nos preguntamos por cuál de las dificultades que enfrentamos nos produce un mayor temor, la respuesta es la inseguridad. Sin embargo, en este campo podemos encontrar ejemplos de países que, con paciencia y trabajo bien hecho, han experimentado una clara mejoría en la materia. Un caso típico es el de España, que consiguió desarmar a la ETA.
En cambio, si atendemos a la dificultad para enfrentarlo, sin duda alguna el mayor de nuestros problemas es la caída de la natalidad y el creciente envejecimiento de la población chilena, puestos de relieve en el informe del INE de esta semana. Tenemos uno de los peores índices del mundo y no contamos con experiencias internacionales exitosas que nos inspiren para resolverlo.
Este desafío tiene dos partes. Una es cómo paliar los efectos negativos de un envejecimiento que viene de manera acelerada. La otra es cómo fomentar la natalidad. Hoy me centraré especialmente en el primero, la necesidad de mitigar un poco los efectos negativos de este proceso. Para eso nos ayudará el pensar un momento en nuestro futuro. Cuando en 2070 los niños que ahora están naciendo cumplan 45 años, estarán en un país donde el 50% de las personas tendrá más de 65 años. Las consecuencias de esa situación, si no hacemos algo para cambiarla, serán dramáticas.
De partida, como en la democracia manda la mayoría, en ese futuro bien podríamos tener una verdadera tiranía de los viejos. Los políticos sabrán que, si quieren ser elegidos, deberán privilegiar a ese grupo etario, lo que no necesariamente coincidirá con el bien del país.
En un escenario como ese, ¿podemos pensar siquiera en que las mujeres seguirán jubilando a los 60 años y los hombres a los 65? El economista David Bravo hizo ver esta semana que este no es un escenario fatal, que todavía podemos tomar medidas, entre ellas, una modificación de la edad de jubilación, porque la situación actual no resiste más tiempo.
¿Por qué aún no hemos hecho estos cambios? ¿Será que nadie en el Ejecutivo o el Legislativo se ha dado cuenta en todos estos años de que estamos ante un problema gigantesco? Me temo que no es cuestión de ignorancia, sino de falta de fortaleza para enfrentar esta emergencia, ahora que la palabra está en boga. Porque es una emergencia, aunque sus efectos no sean inmediatos. ¿O alguien a quien le diagnostican un grave cáncer puede pensar que no está ante una auténtica emergencia por el simple hecho de que no morirá de inmediato?
Ante este escenario cabe preguntarse: ¿se atreverá el futuro Presidente Kast a tomar el toro por las astas cuando nadie antes ha tenido el valor necesario para hacerlo? Su trayectoria previa muestra que él, que ha sido capaz de defender causas impopulares, bien podría hacerlo. Si no lo hace él, ¿quién, entonces? Además, en estas semanas no hemos visto al rígido ultraderechista que algunos imaginaban, sino a una figura dialogante y dispuesta a llegar a acuerdos en beneficio del país. Él mismo lo decía en un discurso de esta semana: es el Presidente de toda la nación, y eso significa tomarse en serio su responsabilidad también ante las emergencias de mediano y largo plazo.
Sin embargo, ¿se animarán algunas de las diferentes oposiciones a sumarse a una iniciativa que es tan importante para el país como impopular? ¿O pensarán nuestros legisladores que los chilenos somos unos egoístas que, para conseguir un poco de bienestar hoy, estamos dispuestos a sacrificar a las generaciones futuras?
Lamentablemente hay malos precedentes en otros países. Así, el año pasado el Parlamento francés suspendió la ley que promovía el gobierno para elevar la edad de jubilación. Las protestas fueron tan fuertes que la clase política terminó por rendirse. Pero que esas multitudes de franceses airados hayan actuado de manera tan frívola e irresponsable y esos políticos se hayan plegado a sus caprichos (esa es la palabra) no significa que nosotros estemos condenados a seguir su mal ejemplo.
Hay, por cierto, otras medidas que se pueden tomar para hacer menos pesada la carga que les dejaremos a las generaciones que vienen. Una de ellas es la necesidad de ser muy prudentes en la deuda pública. En principio, no es lícito contraer deudas que tengan que pagar quienes hoy son niños, si no están destinadas a beneficiarlos.
Lamentablemente, estas medidas, aunque necesarias, ayudan a aminorar un poco las consecuencias del envejecimiento, pero no nos resuelven nuestro déficit de natalidad. Este es un problema mucho más difícil de enfrentar. En todo caso, el hecho de que una parte de nuestra clase política se atreva a enfrentar problemas como el alza de la edad para jubilar, quizá sea una buena forma de preparar el terreno para enfrentar las causas de nuestra crisis demográfica.
En efecto, si en los demás países las medidas económicas no han logrado revertir la tendencia demográfica negativa, ¿no será el momento de preguntarnos por otros factores que pueden estar detrás de nuestra crisis de natalidad? Esto nos obligará a hacernos algunas preguntas incómodas que hasta ahora apenas han tenido cabida en el debate nacional. Entre otras: ¿por qué muchos chilenos ven a los hijos solo como una carga e incluso piensan que no vale la pena traer niños al mundo? Nuestros políticos no están acostumbrados a responder este tipo de preguntas, pero harían bien al menos en formularlas.