¿Tiene sentido, o siquiera utilidad, un gobierno de emergencia, como se caracteriza a sí mismo el del futuro Presidente Kast, coincidiendo con el reciente decreto de emergencia del Presidente Trump o con la actitud de Bukele?
No.
Generalizar la sensación de emergencia es profundamente dañino.
La vida social, o mejor aún la vida humana, requiere sosiego, la existencia de una rutina predecible. Si esta no existiera, viviríamos permanentemente alterados, atentos al entorno, mirando allá y acá, adelante y atrás, para evitar el golpe o el tropiezo. Por eso Joseph Conrad en uno de sus escritos dice anhelar lo que llama “la bendita rutina del barco”: un horizonte despejado y un día a día rutinario, planificado y del todo predecible.
Si el futuro Presidente Kast insiste en eso del gobierno de emergencia, o imita siquiera de lejos a Bukele o a Trump, se alejará simbólicamente de ese sosiego que es indispensable para la vida colectiva.
Veamos.
Uno de los problemas del Chile de estos últimos años es que hemos vivido alterados, en la espera de grandes cambios que se llamaron, en los primeros años del gobierno del Presidente Gabriel Boric, “transformaciones estructurales”. Esos cambios no llegaron, pero en la espera de ellos cundió la incertidumbre o se la alimentó o se creyó que nada era muy firme, ¿acaso no se dijo que las bases de todo debían cambiar?
Una situación similar se producirá si se extiende eso del gobierno de emergencia que proclama el futuro Presidente Kast. Vivir en la emergencia no es propiamente vivir. Es bracear para sobrevivir, como si se fuera un nadador en apuros, un ciclista que debe pedalear agitado porque si se detiene, cae. Por eso es un error continuar con eso del gobierno de emergencia, puesto que la sociedad o la convivencia no pueden erigirse sobre la perentoriedad de un descalabro que sería urgente evitar.
Los analistas (o mejor, los psicoanalistas) llaman angustia a ese estado del ánimo en que se vive sintiendo una amenaza cuyo origen no se puede identificar. Y sugieren que buena parte de la vida psíquica consiste en evitarla, porque cuando ella llega se experimenta el vacío o lo que algún autor (desde luego, Lacan) llama el Real, ese ámbito que no comprendemos a cabalidad y que de pronto irrumpe y lo trastorna todo. Pruebe usted privar de reglas y rutinas a un niño y verá cómo la angustia tarde o temprano lo invadirá. Las sociedades, o los grupos humanos, tienen algo de niños y por eso si se estimula la conciencia del peligro o del trastorno (la vida como emergencia) los invade la angustia y entonces se disponen a aceptar cualquier cosa para apagarla.
Un ejemplo desde luego es el de Bukele (a quien es de esperar, el Presidente Kast no tenga la tentación de imitar luego de su visita) o el del Presidente Trump, especialistas ambos en generalizar la angustia que causa el miedo al otro presentado como una amenaza que puede aparecer en cualquier parte. Una de las causas de la sorprendente subordinación de las sociedades a ese tipo de personalidades y el abandono de las instituciones es justamente la angustia que explotan o estimulan. Hay un parentesco íntimo entre la angustia y el miedo y la aparición de los nuevos autoritarismos.
El futuro Presidente Kast —la verdad sea dicha— no parece ser ese tipo de personalidad, y es seguro que su lema de gobierno de emergencia no persigue eso; pero en política la personalidad es a veces demandada por las circunstancias y no vaya a ocurrir entonces que por vivir en la emergencia y seguir insistiendo en ello, se principie a demandar o a esperar por las mayorías, o a tolerar, la aparición de esos rasgos de comportamiento. Y es que cuando el miedo y la angustia se generalizan la gente no se queja, se vuelve sumisa esperando que una personalidad fuerte apague el miedo. Pero una ciudadanía sumisa, silenciosa, anhelante de una autoridad fuerte y resuelta no es lo que se espera de una ciudadanía democrática ¿o sí?
En su visita a El Salvador el futuro Presidente Kast felicitó al Presidente Bukele por “recuperar la paz”. Examinada a la luz de la dureza de las cárceles (dureza es un eufemismo para disfrazar lo inhumano, seres apiñados en jaulas, sin derechos) esa paz no es digna de una sociedad decente y, más bien, se parece a lo que Kant llamó “la paz del cementerio”, esa que solo se alcanza luego de una guerra de exterminio.