Baquedano de vuelta en su plaza podría ser la foto política del año. Competirá con la del cambio (pendular) de mando, que debiera coincidir por la misma fecha, pero esta última postal ocurre regularmente cada cuatro años; en cambio, el triunfo de la razón sobre la fuerza sucede muy de vez en cuando.
Puede resultar paradójico que la estatua del triunfante general guerrero vuelva por obra de la deliberación y no de una espada, pero así será. Y será un acto de coraje que nos devolverá la dignidad perdida.
Es que el plinto vacío, en medio de una de las tres plazas más importantes de nuestra capital política, esa muela blanca carente de sentido y belleza por sí misma, ese absurdo de muñón amputado, simbolizaba, si no el triunfo de los violentos octubristas, al menos el temor a que regresaran con sus antifaces, sus piedras, sus bombas y su fuego. Un país temeroso de provocar a unos pocos violentos es un país que pierde dignidad. El plinto vacío nos lo recordaba a diario. A diario nos traía la escena del que no bailaba, al son de la música y amenazas de esos matones, no pasaba. Me parecía que Baquedano, o más bien la ciudad entera, aceptaba bailar cada día en que no estaba.
No tengo sintonía alguna con lo militar. Si, sin presiones, los santiaguinos hubiéramos sido llamados a decidir si trasladábamos su figura a un lugar menos central y sustituirla por un par de nuestros poetas, yo habría votado a favor. Pero no se trata de preferir o no preferir que lo que Baquedano simboliza se encuentre en un lugar central de nuestra vida cívica. La cuestión es que los monumentos, que se erigen por ley, no se sacan por unos pocos matones y a tirones, o por temor a los tirones de esos pocos.
Eso solo debe sucederles a las estatuas de los tiranos cuando caen. Los demás símbolos patrios —Baquedano es uno— pueden merecer más o menos honores, pero el quantum de esos honores es una decisión colectiva que deliberamos o que se va formando en capas de cultura y no a fuerza de piedras y molotov.
¿Qué más, fuera de la dignidad democrática, vuelve con el regreso de Baquedano? ¿Qué más termina con su exilio? ¿Han muerto los impulsos que dieron lugar a esa violencia o solo se han replegado? Esta pregunta, central a nuestra convivencia, parece seguir sin respuesta. Desde luego, porque después de más de seis años, no sabemos quiénes ni cómo incendiaron veinte estaciones de metro a un mismo tiempo. No se trató de pastizales ni de bosques, sino de moles de cemento, con cámaras de vigilancia, guardias y protecciones. Había que tener materiales y conocimiento para provocar aquello. Hace ya tiempo el Ministerio Público nos debe una respuesta. La Cámara de Diputados, que crea comisiones investigadoras para cualquier hecho que provoca la atención pública, ya quedó al debe. ¿Será la hora de una comisión de verdad? Es absurdo que no se desplieguen más esfuerzos para indagar la verdad de ese hecho central a nuestra historia reciente.
Tampoco terminamos de entender cómo y por qué la violencia alcanzó esos niveles de aceptación ciudadana. Intentar responsabilizar de ello a grupos políticos que no la condenaron, fueron condescendientes o intentaron aprovecharse de ella es darles a esos grupos una gravitación que no tienen en el sentir ciudadano. Explicarlo como fruto del malestar es acertado, pero insuficiente.
Por ahora, los que abjuramos de esa violencia podemos centrarnos en otros riesgos. El país ya no clama por el desorden y la desestructuración bolivariana, sino por el orden de Buckele. La pregunta no es si volverá esa violencia, sino cómo se vive hoy y cómo se expresará mañana ese malestar ciudadano que ayer fue tan intenso como para permitir que los violentos se sintiera heroicos y continuaran destruyendo y afeando.
Con la vuelta de Baquedano parecen quedar sepultados el fetichismo constitucional y, con ello, la demasía de pensar que el orden económico, social y cultural es un artefacto moldeable en manos de las elites que alcanzan el gobierno o amenazan con la fuerza. Ya veremos cómo van absorbiendo aquello los del Frente Amplio.
Muchos celebraremos la vuelta de Baquedano. No será heroica, como lo fue la gesta de su ejército por el desierto. Tampoco será gloriosa, como su regreso triunfante a Santiago, pero sí será el pago de una deuda, no tanto con él, sino con nuestra propia dignidad democrática.