Si algo han dejado claro los vaivenes de la última década es que nuestro país es difícil, muy difícil, de gobernar. El país acumula muchas crisis, y los políticos —encargados de procesarlas— no cuentan con abundante confianza de la ciudadanía. Me parece que este es el primer dato a la hora de evaluar el gabinete del Presidente Kast: no resulta nada de fácil dar con el equilibrio justo que responda a las expectativas y permita conservar la iniciativa al nuevo oficialismo. ¿Cuánta dosis de políticos, técnicos o independientes, de jóvenes y experimentados? ¿Cómo calibrar los riesgos y ventajas de cada alternativa? Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta evidente, y la verdad es que cualquier diseño habría sido objeto de crítica, pues el ejercicio tiene algo de cuadratura de círculo.
Dicho esto, Kast tomó una decisión que constituye un intento por responder estas interrogantes. La decisión tiene varias dimensiones, y quizás la más llamativa es la distancia con los partidos. Es verdad que se logró una convocatoria amplia, impensable hace pocas semanas. Sin embargo, las colectividades miran más bien de lejos. Desde luego, en las carteras políticas hay nombres avezados, pero constituyen la excepción más que la regla. Esto tiene una ventaja: si los partidos están desprestigiados, entonces no cabe darles tanto protagonismo. Su presencia se limita a lo estrictamente necesario, pero el poder no les pertenece. Esto suena bien, pero tiene sus bemoles: cuando haya dificultades —que las habrá—, los parlamentarios tenderán a desentenderse. ¿Por qué inmolarse por un grupo de independientes? Esa será, tarde o temprano, la pregunta que ronde en Valparaíso. De hecho, cuesta pensar que estamos frente a una coalición digna de ese nombre. Hasta ahora, todo se parece más a un agregado de sensibilidades que a un pacto que pueda darle soporte al gobierno.
Con todo, la ausencia de políticos involucra una segunda dificultad, que es más delicada. Ser ministro en Chile requiere ciertas habilidades, y es una ingenuidad suponer que experiencia en el mundo privado se traslada mecánicamente a otras esferas. En otras palabras, y sin negar las trayectorias de cada elegido, ser ministro es un oficio que no se improvisa. En ese sentido, el gran riesgo del gabinete es convertirse en un nuevo gobierno de gerentes, tan típico en la historia de la derecha. Dicho esto, y para ser justos, también debe decirse que no son tantos los políticos de peso disponibles (a sabiendas de que nombrar a parlamentarios recién electos era una pésima idea).
En cualquier caso, esta descripción nos conduce al núcleo del diseño: si algo quiso afirmar José Antonio Kast fue su plena libertad de acción. Yo fui electo y, en consecuencia, yo escojo a mis ministros. De hecho, no solo fue libre respecto de los partidos, sino que de su propio entorno: los gremialistas de su generación brillan por su ausencia. No es una colección de viejos camaradas de la UDI ni tampoco una lista de leales republicanos que lo acompañaron en su travesía por el desierto. En ese plano, es innegable que el mandatario muestra carácter.
Esta es la primera señal del modo en que Kast ejercerá el poder: no lo quiere delegar en los partidos, sino en ministros que le respondan a él. No hay circuitos de poder alternativos, no hay viejas confianzas que pudieran interponerse entre el mandatario y sus ministros. El gobierno de emergencia es, sobre todo, un gobierno de Kast, y cuya identidad estará vinculada con él. La apuesta es arriesgada, porque deberá asumir una cuota importante de responsabilidad en caso de fracaso, pero quizás tal sea la intención: un mandatario que asume sus decisiones y que busca mantener el control de lo que ocurre en su gobierno. Desde luego, no será un control estricto sobre cada detalle (como lo hacía el expresidente Piñera), sino algo distinto: la idea es que haya poco poder independiente de La Moneda.
La paradoja es la siguiente. El éxito del diseño, creo, pende del talento de los ministros para lograr grados relevantes de autonomía que, sin dañar la disciplina general, les permita adquirir el peso político indispensable para hacer avanzar sus respectivas agendas. Naturalmente, la gran pregunta es si los nuevos secretarios de Estado podrán adquirir el tonelaje político necesario para imponer sus prioridades y fijar un discurso. No hay cómo saberlo de antemano.
Una de las grandes debilidades del gobierno saliente ha sido su gabinete. Salvo honrosas excepciones, los ministros no marcan la discusión ni tienen un papel demasiado relevante. Un equipo débil produce —inevitablemente— un gobierno débil, porque no hay coro que acompañe la partición (suponiendo que la haya). En su campaña, Kast apostó a ser una especie de anti-Boric, como si su voluntad más firme fuera ser su némesis. Si lo señalado hasta acá es plausible, uno de los principales desafíos del mandatario será transformar un gabinete heterogéneo, y con escasa experiencia política, en un equipo coherente que transmita confianza a los chilenos. Allí reside el gran riesgo —y la gran oportunidad— de su decisión.