Las observaciones —llamemos observaciones a lo que en realidad son desprecios— del encargado de la campaña de Jara respecto de Parisi y el PDG, revelan cuán desconcertada parece estar cierta cultura de izquierda con el paisaje actual de la sociedad chilena.
Tradicionalmente, la izquierda ha concebido su base social de apoyo como clase trabajadora, es decir, como el conjunto de quienes tienen como único capital, por llamarlo así, su quehacer laboral ejecutado a cambio de un salario. La idea subyacente a esa caracterización es, por supuesto, que ese conjunto configura una clase con intereses comunes que se trata de promover. Esos intereses irían desde el cambio en su posición de poder (en la versión más radical, hoy casi olvidada, la expropiación de los medios de producción) a la mejora progresiva de sus condiciones materiales de existencia (mediante un papel más activo del Estado y la concesión de derechos sociales como lo sugeriría un programa socialdemócrata).
Pero esa base social se ha desdibujado.
El principal fenómeno que ha empujado ese cambio ha sido la expansión del consumo material y simbólico, ejemplo de lo cual es la masificación del automóvil, la circulación de algunos signos externos de estatus, la posibilidad de elegir bienes como la salud o la educación. Los bienes a los que se accede mediante el consumo son portadores de significado y, a la vez, productores de estos últimos. Por eso una vez que las mayorías incorporaron a su experiencia vital el mall y el crédito, nada volverá a ser lo mismo.
Todos esos cambios en las prácticas de consumo (y en la cultura del trabajo en torno a la cual se ordenaba la vida completa) han provocado un cambio en la conciencia que esos grupos tienen de sí mismos. La lucha por el estatus ha sustituido a la lucha de clases y con ello ha debilitado la conciencia de clase. El resultado es la existencia de grandes grupos medios muy autónomos, alérgicos a la autoridad o a la tradición, creyentes en sí mismos y en su esfuerzo y desconfiados del buenismo como actitud frente a la pobreza o la inmigración. No es, como suele creerse, una clase media (que en Chile se asoció a la expansión del Estado y a un estilo de vida más bien sobrio), sino grupos cuya trayectoria vital es resultado de los cambios que ha experimentado la sociedad chilena en las últimas décadas. Y al expandirse esos grupos carentes de historia, la necesidad de un relato que los haga partícipes de un conjunto mayor —la nacionalidad, por ejemplo— o la revalorización de los grupos primarios —como la familia— se hará más intensa.
Habrá pues, paradójicamente, un renacer de deseos que tradicionalmente se creyeron conservadores y que en realidad son la búsqueda de un arraigo que el relato liberal no logra satisfacer.
Buena parte, es posible conjeturar, del electorado de Parisi y de Kaiser está integrado por esos grupos que son la muestra flagrante de los cambios que ha producido la modernización material de la sociedad chilena.
Si alguien creyó (hubo varios) que lo ocurrido en octubre del año 2019 revelaba que la sociedad chilena rechazaba el proyecto modernizador que se venía impulsando, esos millones que integran esos grupos muestran que el asunto parece ser al revés: ha surgido un nuevo sujeto social, por llamarlo así, una nueva sensibilidad que no es exactamente popular, ni arribista, ni menos aristocratizante. Un tipo social cuya fisonomía aspira hacerse un lugar en la estructura social y al que, con estilos distintos desde luego, han apelado con notable éxito Kaiser y Parisi.
El dilema que tienen entonces Jara y Kast no consiste en traer hacia sí esa parte del electorado —con estratagemas tan burdas como recoger parte de las propuestas de Parisi—, sino en intentar, al menos simbólicamente, acercarse ellos a él. ¿Cómo? Bueno, por la vía de reconocer el tipo de identidad social que ellos representan, algo que no se conseguirá si se los asimila al mundo popular (como es la tentación de Jara) o si, en cambio, se los trata de manera paternalista como un grupo necesitado de seguridad (como puede ser la tentación de Kast).
Ambas candidaturas están en realidad desafiadas a acoger esa nueva realidad social que se ha venido desde hace ya tiempo configurando y que —como suele pensarse— no es un cambio puramente episódico o circunstancial o el simple fenómeno del péndulo. Hay algo en este fenómeno que, mutatis mutandis, remeda lo que ha ocurrido en otros sitios donde el discurso meramente liberal con su puro énfasis en la autonomía personal no dio frutos. Y el problema es que tampoco lo dará la apelación tradicional al pueblo, puesto que el sujeto popular ha sido sustituido por uno más diferenciado y más complejo.
Parece que al discurso que apela a la individualidad autónoma le falta algo que la gente apetece. Y el discurso que apela a la conciencia de clase invoca algo que está dejando de existir.