La semana pasada se realizó una fiesta intelectual para conmemorar los 160 años del fallecimiento del gran Andrés Bello. Originalmente iba a realizarse en el Salón de Honor de su casa, la Universidad de Chile. Pero la amenaza de una protesta estudiantil —curiosamente están regresando— exigió cambiar el lugar. Fue en la nueva Facultad de Gobierno, al lado del Centro de Extensión Artística y Cultural, donde se alberga un maravilloso teatro de nivel mundial.
Al salir del metro, varios carteles anuncian una espléndida y nutrida programación. Algunas personas hacen fila en la boletería. Sigo caminando y se asoma el blanco y sólido plinto de la estatua del general Baquedano que pronto regresará acompañado de Gabriela Mistral.
Si hace casi seis años se respiraba gas lacrimógeno y las destruidas estaciones del metro eran letrinas, hoy todo huele a trabajo, esfuerzo y restauración. Alrededor de la “zona cero” muchos peatones, trabajadores, autos y buses circulan libres por esas ajetreadas calles y angostas veredas. Ya no gobierna la amenaza de “el que baila pasa”. Tampoco se siente el miedo a la destrucción ni se habla de “Plaza Dignidad”. Hoy, campea la esperanza de la reconstrucción.
¿Qué nos pasó hace seis años? En la tradicional encuesta CEP, al preguntar por la identificación política (derecha, centro o izquierda), el promedio de los últimos 20 años muestra que un 29% “no sabe o no contesta”. En diciembre del 2019, la confusión era abrumadora: un 50% “no sabía o no contestaba”. En medio del estallido también se nos perdió la brújula política más básica. Y las redes sociales, cavernas de mentiras y medias verdades, se percibían más creíbles que la televisión y los medios escritos. Por si fuera poco, la confianza en las instituciones —principalmente, Carabineros y FF.AA.— estaba en el suelo. Pero poco a poco, al igual que la Plaza Italia, todo se está recuperando o, como dicen por ahí, “normalizando”.
Ahora bien, tal como lo ha planteado Sergio Muñoz, nunca se aclaró el incendio simultáneo, con sofisticados acelerantes, de las veinte estaciones del Metro. Ni tampoco el rol cómplice de muchos en los días en que el fuego, los saqueos y la destrucción se apoderaron de nuestras ciudades. El Presidente Piñera sufrió la amenaza, tal como lo declaró, de un “golpe blanco”. Por “la vía de los hechos”, el PC y varios sectores del Frente Amplio pusieron en riesgo los cimientos de nuestra democracia. Y los que hacía solo treinta años habían luchado por ella se mostraron tímidos, débiles o, lisa y llanamente, cobardes a la hora de defenderla. Muy pocos se atrevieron a levantar la voz cuando se estaban socavando e incendiando nuestras instituciones. Pocos condenaron la violencia.
También confundieron diversidad con disidencia promoviendo los ideales del “buen vivir” y del “decrecimiento”. Si en la discusión de los “derechos de la naturaleza” algunos vieron peces jugando fútbol. Como sea, la mayoría prefirió esconder la cabeza bajo el paraguas del ofensivo y desafiante Apruebo Dignidad. El poder todo lo perdona.
A punto de finalizar este gobierno y a seis años del “estallido social”, hay cuentas pendientes. La Concertación acudió al salvataje del gobierno después del masivo Rechazo. Pero el gobierno de Boric, con o sin quererlo, ahogó a sus salvadores. Aunque duela decirlo, no dejó protagonista de esa generación dorada en buen pie. Ni la venerada familia Allende se salvó.
La profunda reflexión que se avecina para los partidos que encarnaron la exitosa socialdemocracia criolla exige repensar el rol que jugaron en estos seis años. Tras la simbólica derrota de Carolina Tohá, otra figura emblemática que dijo un par de verdades en el extranjero, el oxígeno escasea. Por ahora solo les queda contener la respiración tras la candidata del PC, Jeannette Jara, o bien votar por Evelyn Matthei con alguna esperanza.