Se suele desacreditar a economistas como Milton Friedman y Friedrich Hayek con mayor entusiasmo que reflexión. Aunque Friedman pertenece a la escuela de Chicago y Hayek a la austríaca, y además existen grandes diferencias entre ambos, lo más fácil es tildarlos de “neoliberales”. Este epíteto sería argumento suficiente para no leerlos e, incluso, para menospreciarlos.
Friedman visitó Chile en 1975. Al año siguiente recibió el Premio Nobel de Economía. Hayek vino en 1977, invitado por Pedro Ibáñez Ojeda. Tres años antes ya había sido galardonado con el Nobel. Ambos volvieron a Chile en 1981, cuando se vislumbraba una posible transición a la democracia. Ese año también emergían los primeros indicios de lo que sería la gran crisis económica de 1982. Pero hay otro economista importante que también visitó Chile ese año. Me refiero a James Buchanan, que recibió el Premio Nobel en 1986. Este otro “neoliberal” formó la escuela de Virginia y su mayor interés se centró en la economía política constitucional.
Su clásico e influyente libro “Calculus of Consent: Logical Foundations of Constitutional Democracy” (1962), escrito junto a Gordon Tullock, inició una rama de la economía que hoy se conoce como el “public choice” o teoría de la elección pública. Esta disciplina, que está muy relacionada a la ciencia política, pretende explicar el comportamiento y la toma de decisiones en la arena política. Para ponerlo en simple, y como sugiere el título, los acuerdos en asuntos públicos pueden calcularse o, mejor dicho, entenderse a la luz de la racionalidad económica.
Desde Maquiavelo, pasando por el “Leviatán” de Hobbes hasta llegar al gran Adam Smith, conocemos la importancia del interés propio. Por eso la economía neoclásica descansa en esa idea del homo economicus que maximiza su utilidad. La política tampoco escapa de esa premisa que nos ayuda a comprender la realidad.
Friedman, Hayek y Buchanan nos recuerdan, cada uno a su manera, la importancia de la economía y su relación con la política. Friedman se consideraba como un médico que diagnosticaba y recetaba sobre asuntos económicos. En cambio, Hayek, acercando la economía a la filosofía y la política, solía repetir que “un economista que es solo un economista no es un buen economista”. Y Buchanan analizaba la política con la mirada de un economista. Eso sí, todos coincidían en la importancia del interés propio en el comportamiento humano.
El conocido legado de Friedman y los Chicago Boys, y la menos conocida influencia de Hayek y Buchanan inspirando a liberales clásicos chilenos, sentaron las bases de lo que sería el período más exitoso de nuestra historia. La transición a la democracia, justo después de la caída del Muro de Berlín, permitió que la economía caminara de la mano de la política. Chile vivió una realidad excepcional. Si entre 1986 y 2012 crecimos un 5,6%, desde el 2013, solo a un promedio de 2,1%. De pocos partidos políticos sólidos saltamos a 24. Ocho candidatos compiten por la presidencia —¿hay algo que obligue a los canales de televisión a invitarlos a todos?— y pronto escucharemos a los más de mil postulantes al Congreso.
La importancia del interés propio es otra gran lección de esos tres grandes economistas. Para los nostálgicos de los años dorados, tal vez llegó el momento de recordar esa realidad política que investigó Buchanan. Todos maximizan su utilidad ganando más votos. Algunos solo los multiplican por $1.560. Otros incluyen el futuro de Chile en su función utilidad. Si hasta el Presidente Boric y sus compañeros de ruta han cambiado motivados por su propio interés. En cierto sentido, ellos también representan a ese neoliberalismo individualista que quisieron enterrar. Celebrando las fiestas patrias, vaya paradoja de esa democracia liberal que defiende el interés propio bajo el rule of law.