El destacado economista Ricardo Hausmann estuvo en Chile junto a su esposa, Ana Julia Jatar. En una breve visita saludaron a viejos amigos, gozaron de un inolvidable viaje a las Torres del Paine y ella aprovechó de ver a su hermano, el abogado y periodista Braulio Jatar, quien fue encarcelado por el dictador Maduro sufriendo problemas de salud. Fue un viaje redondo hasta que a Ana Julia le robaron la billetera en el metro. En medio de la consternación, denunció el robo a los guardias. La respuesta fue “señora, eso pasa todos los días”.
Hace algunos días, fuimos a comer con mi esposa a casa de una amiga. A la salida el auto no estaba. Al día siguiente me llaman de la comisaría de Peñaflor. Había aparecido en Malloco. En pocas horas Carabineros lo encontró y trasladó a la comisaría más cercana. Fui a retirarlo un lluvioso jueves. Habían roto el vidrio trasero y los cables laterales estaban a la vista. En la comisaría de Peñaflor, donde fueron muy amables, y después en el taller, me dijeron lo mismo: “Señor, eso pasa todos días”.
Por si fuera poco, en otra ocasión, una persona famosa nos contó que unos fans le pidieron bajar del auto para sacarse unas selfis y enviar un saludo. Con generosidad y buena voluntad, accedió. Y de la admiración pasamos a lo habitual: después de la foto le mostraron una pistola y la dejaron en la calle. La reacción siempre es la misma: “Gracias a Dios, no te pasó nada”.
En la portada de “El Mercurio” de ayer salta a la vista, como el pan de cada día, “Amarran y golpean a familia en violento asalto a su hogar en Chicureo”. Y en el cuerpo de Economía y Negocios leo con atención un reportaje sobre el robo de vehículos. Se informa que en julio se reportaron 1.224 robos de autos asegurados. O sea, 1,6 autos asegurados por hora. Como si fuera solo otro ítem dentro de la canasta básica, la crónica destaca “una disminución de 1,6% en comparación con el mismo período del año anterior”. En seguida explica los nuevos métodos de “ganzúas digitales” e “inhibidores de señales”.
Entre 2018 y el 2024, los robos de vehículos motorizados aumentaron en un 10%. Y los autos asegurados, un 20%. Si consideramos que más de un tercio no tiene seguro, los más pobres serían los más perjudicados.
En la última encuesta CEP, la preocupación por “delincuencia, asaltos y robos” marcó un 58%. Hay razones fundadas. La tasa de homicidios y femicidios creció un 39% entre 2018 y 2024. Y los delitos asociados a armas, 51%. Ya no bastan las rejas, los espejos retrovisores marcados o los celulares bien escondidos. De hecho, es raro encontrar a alguien a quien no le hayan robado.
Chile solía ser un país seguro, tal vez demasiado seguro. Después del estallido, todo eso cambió. Mientras la izquierda celebraba el salto del torniquete y el que no baila no pasa, se incubó un cambio cultural que alimentó la violencia y las incivilidades. Es habitual ver cómo algunos adelantan por la berma, se detienen en la calzada o estacionan en cualquier lugar sin consideración alguna hacia los demás.
Lo peor es que nos hemos acostumbrado. Este lento y sostenido deterioro, como el sapito que cae al agua tibia, es preocupante. Ya es parte de nuestra vida cotidiana. Y de nuestras decisiones. ¿Hace cuánto tiempo no va a comer a un restaurante en el barrio Bellavista?
La seguridad es el primer derecho humano. Cuando la vida, la libertad y la propiedad están en juego, todo lo demás es baladí. Hoy, los derechos individuales han desplazado lo que sembró la izquierda. Ya ni siquiera se habla de los DD.HH. Por eso la promesa de garantizar la paz después de promover el estallido no solo es oportunista. Es falaz. La prioridad hoy es recuperar la seguridad de lo propio, del hogar y de lo más íntimo. Vaya legado para el gobierno de Apruebo Dignidad.