Se ha escrito bastante sobre la estatua ecuestre a Manuel Baquedano, tanto por su vandalización, su retiro de la plaza homónima y su posible retorno a un sitio aledaño en el eje Alameda-Providencia, que será compartido con una escultura de Gabriela Mistral, en un “polo de monumentos”. Columnas en este medio y otros han resaltado la trascendencia histórica del general en momentos críticos para el país, por lo que su nuevo emplazamiento se interpreta como intento de minimizar su perfil. Quizás se desconoce la plenitud de la gesta que protagonizó o quizás se pretende hacerlo.
Fueron años en que Chile fue arrastrado a una guerra contra Perú y Bolivia, disponiendo de un ejército de unos dos mil soldados, viéndose apremiado durante dos años en formar y aprovisionar uno nuevo, que logró contar con casi cuarenta mil plazas y que, en coordinación con la Marina, el Gobierno debió transportar al teatro de operaciones. El país fue consciente de que esas milicias, después de largas marchas por el desierto, debieron luchar con determinación, siendo pocos los soldados de línea. El general Baquedano asumió la dirección del ejército para las campañas de Tarapacá, Tacna y Arica, continuando con las batallas decisivas de Chorrillos y Miraflores, cuyo triunfo permitió la ocupación de Lima, que se extendió hasta firmarse el Tratado de Ancón, en 1883.
A mediados de marzo de 1881, procedentes de Valparaíso, regresaron los ejércitos y batallones a Santiago, desembarcando en la Estación Central. Se instalaron en la calle Matucana, en espera del general con su estado mayor, seguido del almirante Galvarino Riveros con el suyo. La Alameda fue preparada con arcos de triunfo que se extendieron hasta la calle Estado y, desde ahí hasta la Catedral, donde se realizó un tedeum. Por ambos lados de la avenida y a lo largo de todo el trayecto, se asentó una multitud entusiasta que festejaba agitando banderas, mientras pasaban las tropas encabezadas por el general, el almirante y los estados mayores montados a caballo. En algunos tramos se habían instalado palcos de arrendamiento. En uno monumental estaban el Presidente Aníbal Pinto y comitiva de autoridades. Según testigos, la algarabía era indescriptible y emocionante, por el valor, heroísmo y sacrificios realizados en bien del país. “Era la gratitud de todo el pueblo”. Es el Presidente Arturo Alessandri quien recuerda en sus memorias el episodio que presenció siendo niño.
Durante el siglo XIX, generaciones de chilenos experimentaron los avatares de la guerra en diferentes ocasiones, valorando la integridad de la nación. Una virtud que pasó a ser parte de una cultura aún subsistente, que se manifiesta honrando a personalidades de distintos ámbitos —civiles y militares— que han protagonizado acontecimientos ilustres de nuestra historia e identidad. Mas no todos la han cultivado. Tal vez por ignorancia, por ser presa de relativismo político, de prejuicios o dogmatismo ideológico. En fin, lo que se sabe es que ciertas izquierdas son portadoras de un sesgo negativo hacia instituciones castrenses, sobre sus representaciones y rol en una sociedad democrática.