La mayoría de nosotros nos damos cuenta de que el tema de las pensiones es importantísimo, pero, al mismo tiempo, reconocemos que la discusión nos queda grande. Sin embargo, lo que hemos vivido estos días nos muestra muy a las claras el carácter dramático de la política y sus dificultades y ese es un asunto que va mucho más allá de la discusión técnica.
Pensemos en la situación de las derechas. Por una parte, estaban republicanos, socialcristianos y libertarios, con su decidida oposición al proyecto. Tenían razones, porque está hecho por personas que detestan a las AFP y se nota, aunque el oficialismo tuviera que ceder muchísimo. ¿Quién podría haber imaginado el día en que Gabriel Boric asumió la Presidencia que iba a terminar dando su apoyo a una reforma legislativa como esta que, mal que le pese, significa una validación de las AFP? Es casi tan problemática como su apoyo a lo que llamaban “la Constitución de Pinochet”.
Sin embargo, la apuesta de esta derecha era terriblemente arriesgada. Ella quería rechazar la reforma y esperar el cambio de ciclo político para hacer las cosas de una manera correcta. Con todo, esta solución “perfecta” supone el cumplimiento de dos condiciones. La primera es que la derecha ganará las próximas elecciones presidenciales. El escenario hoy es favorable, pero ¿cómo pueden estar tan seguros de que todo se mantendrá igual?
La segunda es mucho más difícil de conseguir. ¿De veras esos partidos de derecha piensan que podrán obtener una mayoría en el Congreso para hacer los cambios necesarios?
Estas agrupaciones tienen razón al mostrar que la reforma tiene inconvenientes. Es posible que presione negativamente sobre la inflación y el desempleo. Sin embargo, aparte del hecho de que destacados economistas de derecha la han aceptado, esos no son los únicos elementos que conviene tener en cuenta.
Supongamos que la izquierda gana las próximas elecciones presidenciales, o que las gana la derecha, pero que no obtiene una mayoría parlamentaria, ¿cómo sería una reforma de pensiones en ese escenario? ¿Piensan que la izquierda ha aprendido la lección y se transformará en una oposición leal y constructiva en unos meses más? ¿Cómo lo saben?
La suya era una visión muy optimista del futuro, que tiene el inconveniente de que, en caso de enfrentarse un escenario adverso, las consecuencias para el país pueden ser muy serias.
La derecha tradicional, en cambio, quizá por tener más años de circo, ha preferido evitar los peligros más graves, aunque eso signifique conseguir una solución que no es óptima. Al hacerlo, paga un costo importante, porque es muy posible que sus electores no lo entiendan así y deba sufrir un voto de castigo en las próximas elecciones parlamentarias. Sin embargo, con los antecedentes que tenía a mano y su experiencia previa Chile Vamos difícilmente podía obrar de otra manera.
Este caso ilustra como pocos el carácter dramático de la política. Los dirigentes de las distintas agrupaciones buscan, ciertamente, el bien de Chile, pero la solución de esta cuestión no supone solo buenas intenciones y ni siquiera basta con estar de acuerdo en los aspectos técnicos. Hay toda una compleja evaluación de los escenarios futuros y de las reales capacidades de acción. Y en esta evaluación están las diferencias. Los políticos de la derecha tradicional no piensan que, con ese acuerdo con el Gobierno, se ha llegado a un óptimo. Aquí simplemente se quiere evitar una catástrofe o, al menos, una situación mucho peor que la actual.
La nueva derecha pone como ejemplo la reforma tributaria de Bachelet, que ha sido negativa para Chile y que fue aprobada con los votos de la derecha tradicional. Sostiene que se ha cometido el mismo error. Tiene razón al asimilar ambas situaciones, porque ellas muestran el tipo de tensiones a los que se enfrenta el político cuando piensa que debe elegir un curso de acción que, en el fondo, es un mal menor. La pregunta, sin embargo, no es si esa reforma fue buena o mala, porque Chile Vamos sabía y sabe que no es ideal. La cuestión es si, en caso de no haber logrado un acuerdo entonces, nos hallaríamos en una posición mejor o peor que ahora. Y parece claro que, de imponerse el proyecto original de Bachelet, el escenario habría sido claramente más malo.
¿Quiere la derecha tener mejores leyes? Que consiga mejores resultados parlamentarios. Mientras esté en una situación tan precaria tendrá que contentarse con estos acuerdos que no son perfectos.
En todo caso, la derecha haría bien en tener presente el ejemplo de la ex-Concertación. En muchas ocasiones ella contaba con los votos necesarios para sacar adelante proyectos de ley sin el concurso de la derecha. Y sin embargo no lo hizo. ¿Por qué? Porque Aylwin, Frei y Lagos sabían que en política no basta con aprovecharse de mayorías circunstanciales, sino que para el país es mucho mejor llegar a acuerdos estables, que puedan proyectarse en el tiempo.
Ciertamente, llegar a consensos con el Frente Amplio es más difícil que hacerlo con la centroizquierda tradicional. Pero, precisamente por eso, en una época tan polarizada como la nuestra no es irrelevante saber que todavía en Chile la gente puede conversar y entenderse.
Solo cabe lamentar una cosa: ¿Era imposible incluir aquí un alza de la edad de jubilación? ¿Nadie es capaz de plantear hoy al país verdades amargas? Para esto nadie tiene excusas.