Las fiestas patrias son como nuestro carnaval, leí recién en alguna parte. Lo que menos necesitan es sentido filosófico. Son, no más, se repiten de año en año parecidas pero no iguales a sí mismas, con sus lugares comunes y sus momentos de gloria, una borrachera colectiva (no necesariamente etílica) que, si es buena, l'echa con l'olla y no tira el poto pa'las moras, ojalá.
Esas dos expresiones vienen en un librito que hicimos en la Academia Chilena de la Lengua, hace unos tres años, junto al Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. (Al cateo ‘e la laucha, se llama.) Estas instituciones de nombres mayúsculos apostaron a que expresiones como esas son parte de la memoria ancestral de los chilenos, sean como sean, y que a pesar de sus orígenes campesinos resuenan todavía en el mundo urbano, y que la gente las reconoce y se ríe, cómplices en algo bueno por fin.
Recuerdo un atardecer cerca de la cima del cerro Santa Lucía, en años duros, cuando vi por primera vez La Negra Ester, de Roberto Parra y Andrés Pérez. Esas décimas pícaras, irreverentes, están cargadas a los dichos chilenos y sacaban carcajadas por igual a moros y cristianos. La carcajada viene de adentro, sorprende, no es como la risita a medias, es harto más animal, la pilla chanchita a una. Bendita zona la de las fiestas, con el mundo “patas p'arriba”, donde estamos con “las patas y el buche”, “más perdidos que el Teniente Bello”... Una antigua canción decía “En un bosque de la China/ una china se perdió. Como yo andaba perdido nos encontramos los dos”. Ojalá. Porque andamos por donde el diablo perdió el poncho. Tenemos que encontrarnos de puro perdidos que andamos. Nos han faltado chauchas p'al peso.
“Despacito por las piedras/ cuidado con los juanetes”, recomienda Violeta Parra, en “El Albertío”. Bueno, peor es mascar lauchas. Tengo que decir que la madre del cordero es que está mal pela'o el chancho, y que, con Violeta inspirada en el Marqués de Santillana, “yo no sé por qué mi Dios/ le regala con largueza/ sombrero de tanta cinta/ a quien no tiene cabeza”.
Al que le venga el sayo, que se lo ponga…. Feliz Dieciocho. Sin arrastrar mucho el poncho. A ver si con la guatita llena podemos tener, por unos días, el corazón contento. (El movimiento se prueba andando. A lo mejor podemos anotarnos un poroto.)