Hace 20 años, el ex Presidente del Gobierno español José Luis Zapatero, que ha vuelto a la palestra (no por las mejores razones), acusó al Partido Popular de actuar como extrema derecha. La respuesta de la colectividad aludida no se hizo esperar: “cuando el PSOE no tiene nada que ofrecer a los ciudadanos, saca a pasear al dóberman”.
Y en eso mismo anda, durante las últimas semanas, la actual oposición.
En lugar de hacer un esfuerzo por mejorar su oferta a los chilenos, han decidido inventar un Kast. Porque el real no les sirve.
Necesitan un gobierno de ultraderecha, el actual no les acomoda. Las consignas que tenían preparadas para enfrentar, a partir del 11 de marzo, a un Trump chileno, no les calzan. Pero las usan igual. El apego a la verdad no es precisamente su sello.
Si para el partido eje de la actual izquierda, Cuba es un sistema democrático, como dijo Lautaro Carmona, perfectamente este y cualquier gobierno que no sea el de ellos puede ser calificado de ultra. El tema es decirlo, y hartas veces, para que el dóberman logre asustar en serio.
De hecho, el 2018, el gobierno del expresidente Piñera fue calificado de ultraderecha, aun antes de asumir, por los mismos que llevan ya un buen tiempo poniendo la música en la izquierda.
Quedando Pinochet cada vez más lejos, que era el argumento unificador de su causa, necesitan con desesperación un gobierno de derecha que restrinja las libertades y que ponga en peligro la democracia. Ya van cinco meses y su frustración es total. Porque sin ultraderecha, no tienen relato.
Como la realidad no les ayuda, han optado por ampliar el concepto. Así, tener posiciones conservadoras y priorizar el orden público pasa a ser, en su esquema mental, una doctrina muy peligrosa. Qué decir de la tradición gremialista del Presidente. Eso sí que resulta extremadamente sospechoso.
La única manera que tiene la derecha de no ser calificada de ultra al gobernar, sería que optara por subir impuestos en vez de reducirlos, romantizara la violencia empatizando con los delincuentes y llamara represión a la acción de Carabineros. Es decir, solo si gobierna con las categorías de la izquierda podría merecer su beneplácito.
En su afán de inventarse un Kast, apuestan a calificar de ultraderecha por asociación. Es decir, aunque lidere un gobierno democrático liberal por definición, igual es extremo por sus amistades internacionales. El criterio es notable: no importa lo que hace, sino a quién saludó.
Otros llegan aún más lejos. Como el Presidente Kast nunca habría tomado distancia de Pinochet, su gobierno actual tiene que ser calificado de ultraderecha aunque haya ganado con la más amplia ventaja electoral y ejerza el poder cuidando la democracia.
Es comprensible que la izquierda quiera pasar de Pinochet a Kast sin escalas. Pero no se puede. Porque tienen su propio expediente sin cerrar. Durante los últimos años, los únicos que han querido destruir la democracia liberal son los promotores del texto de la Convención (que van desde la Democracia Cristiana al Partido Comunista, salvo honrosas excepciones que debieron dejar sus partidos), y los que validaron la violencia para intentar sacar por la fuerza al presidente Piñera.
La oposición necesita que este gobierno sea extremo para netear su ultrismo. Pero se ha encontrado con un Presidente que ha hecho algo poco común. Está haciendo lo que dijo que iba a hacer y no está haciendo aquello que prometió no hacer. Sigue fiel a su libreto de gobierno de emergencia sin enredarse en temas que dividen no solo a los chilenos sino al oficialismo.
Les urge instalar que hay retrocesos, pero no aparecen por ninguna parte. Hacen oposición a un gobierno imaginario.
Pero, ¿quién necesita que la razón esté de su parte si pueden activar la calle? Lo que la retórica no consigue, que la fuerza lo logre. Y así hemos visto resucitar las movilizaciones bajo el creativo eslogan de frenar los retrocesos. ¿Cuáles? Da lo mismo, lo que importa es soltar al dóberman.
Sin embargo, no hay que minimizar los efectos de esta estrategia. En política, especialmente cuando gobierna la derecha, el dato no mata relato. Los hechos no hablan por sí solos. Una política pública bien diseñada será siempre insuficiente si se le sigue regalando a la izquierda el derecho a otorgar credenciales democráticas, de sensibilidad social o de moderación. Por lo demás, es una trampa permanente. Nunca se aprueba según sus criterios. El examen está diseñado para que la derecha repruebe. La nota de “ultra” ya viene puesta.