Es el Frente Amplio de siempre, con un horizonte casi idéntico al de la Convención Constitucional, ahora con la experiencia en el ejercicio del poder.Coincido con la presidenta del Frente Amplio, Constanza Martínez. Calificar a ese partido con caricaturas impide aquilatar la profundidad de su proyecto político y el alcance para Chile, si en un escenario hipotético alcanzaran el poder para ponerlo en práctica (un ejercicio que siempre conviene hacer).
Los partidos oficialistas deberían observar con seriedad el elocuente despliegue mediático de Martínez y la diputada Gael Yeomans, en la competencia para liderar el Frente Amplio.
Primero, porque nunca es buena idea ningunear al adversario, menos a uno que ha demostrado ser competitivo y probablemente lo volverá a ser en un país con alternancia ininterrumpida desde el 2010 y de frágil memoria. Luego, porque si atendieran con responsabilidad a ese proceso comprenderían la importancia capital de ordenarse, renunciando a agendas inoportunas que terminan complicando a su gobierno.
Ninguna de las candidatas a presidir el Frente Amplio se inquieta por el balance de su gobierno. Ni por los bochornos institucionales que marcaron esos cuatro años (la lista es larga, no la vamos a repetir). Ni por las decisiones políticas impulsadas hasta marzo y cuyas consecuencias el país enfrenta con dureza (deuda, déficit, débil economía, desempleo). Fastidiadas por el emplazamiento constante para que asuman el saldo negativo, sobre todo después de celebrar reiteradamente “el aprendizaje”, se allanan a reconocer que ese mandato no tuvo fuerza social y política (léase, agitación de la calle).
Califican al de Kast como un gobierno de ultraderecha, con una agenda “inmoral”: recortar gasto para enfrentar el déficit; recuperar la certeza jurídica para reactivar la economía, dinamizar la iniciativa privada y con ello el empleo corregir regulaciones que, lejos de proteger a los trabajadores, limitaron sus oportunidades, etc. Sobre la seguridad, con un sombrío récord a cuestas de posiciones y votaciones en el Congreso, se limitan en general a dos frases hechas: no están cumpliendo la promesa de campaña (no han visto los datos que sí muestran cambios y veremos si respaldan la agenda de reformas para frenar el crimen); no quieren levantar el secreto bancario (en un país que cuenta con mecanismos para levantarlo).
Pero todo eso parece hojarasca, hechos menores incluso, al lado del Documento Final del Primer Congreso Ideológico y Estratégico del Frente Amplio, que fija su postura doctrinaria y horizonte para los próximos años.
Su norte es la superación del capitalismo; la “transformación de las relaciones sociales de producción”. Un Estado planificador e interventor de la economía. Democratizar la sociedad y la prosperidad, desmercantilizar la vida (sic). Por supuesto el fin de la subsidiariedad y la estatización de la salud, la educación, pensiones, vivienda, aguas. En educación, “un modelo educativo democrático, descentralizado… etc.” (quince años con la misma bandera, cero balances sobre el resultado de lo que hicieron con ella).
Hay mucho más, desde luego. Es un trabajo que demandó tiempo, ideología, cabeza. No es un arrebato juvenil, sino el proyecto político de quienes acaban de salir de La Moneda y de ahí la seriedad con que debe mirarse.
Con razón Pepe Auth decía esta semana “(…) me da pena ver a esta izquierda joven tan anclada al pasado (…)”. Es el mismo Frente Amplio de siempre, proponiendo un horizonte casi idéntico a la propuesta de la Convención Constitucional que abrazaron, ahora con la experiencia en el ejercicio del poder.
Todo el sector que siente alguna afinidad con el actual gobierno haría bien en tomar nota y ordenarse. Al frente no hay una izquierda desorientada por su paso por el gobierno, sino una fuerza en marcha para reorganizarse y regresar. Aspiran a hacerlo no para administrar el modelo, sino para sustituirlo por un proyecto socialista para Chile. Sí, es el tren fantasma y con eso no puede jugarse.