Hace algunas semanas se conoció la inminente disolución de Cieplan, el centro de estudios que marcó el pensamiento y las políticas económicas del mundo progresista durante varias décadas. Su director ejecutivo, Pablo Piñera, recordó en una entrevista algunos pasajes de su historia, mientras que el mismo fin de semana, Juan Andrés Fontaine, preparando el próximo lanzamiento de un libro, recordaba como Cieplan fue muy crítico de las políticas impulsadas por los “Chicago Boys” durante la dictadura. La conjunción de estos elementos invita a rememorar la historia paralela de estos dos grupos de economistas, que se prolongó por medio siglo y cuyas huellas adquieren especial relevancia en el actual momento político.
Confieso desde ya mis sesgos en esta materia. Ingresé como ayudante a Cieplan en 1979. Para ingresar me entrevistó René Cortázar y mi primer trabajo fue como ayudante de Patricio Meller en un estudio sobre el empleo. De ahí pasé a trabajar con el mismo Cortázar y Jorge Marshall en la investigación que demostró la vergonzosa manipulación del IPC entre 1979 y 1981. Seguí como ayudante de Alejandro Foxley y luego como investigador asociado hasta 1990, cuando me incorporé al equipo que lideró Foxley en el primer gobierno democrático, en la Dipres de José Pablo Arellano.
En otras palabras, conocí a Cieplan desde mucho antes del acceso al gobierno y desde abajo. Lo conocí no como un conjunto de personalidades que protagonizaron la transición, sino como un grupo cohesionado, que en las horas más oscuras de la dictadura trataba de construir con rigurosidad una visión alternativa de la economía y alentaba la idea de que otro futuro era posible.
La vida cotidiana en Cieplan era desafiante. Las discusiones en los seminarios eran exigentes, los datos para las investigaciones limitados y los documentos se armaban a mano y reproducían a mimeógrafo. Para la difusión de estos trabajos solo se podía contar con escasos medios de comunicación alternativos. Los investigadores de Cieplan tenían todos doctorados de grandes universidades y cada cierto tiempo llegaban figuras de gran renombre, como Fernando Henrique Cardoso o Albert Hirschman. Gran parte de quienes trabajaban en Cieplan mantenían una relación con los partidos de oposición, con dirigentes sociales, participaban en manifestaciones, todo ello con los riesgos propios de la época, pero volvían luego a la casona de la Avenida Colón a continuar con sus estudios, debatir y cuestionarse.
En paralelo, los Chicago Boys imponían su voluntad sin contrapeso, con el pleno respaldo de la dictadura. Actuaban como poseedores de la verdad y despreciaban a sus críticos, tildándolos genéricamente de “gasfíteres de la economía”, evitando incluso nombrarlos. A la terapia de shock siguieron las privatizaciones, las siete modernizaciones y la era de la plata dulce, con el dólar a 39 pesos, la que concluyó catastróficamente con la crisis de 1982-83 provocada por graves errores de política económica. Así fue como el PIB cayó acumulativamente 18% en 1982-83, el desempleo subió hasta 25%, el sistema financiero tuvo que ser rescatado por el Estado y miles de empresas quebraron en todo el país.
El “despegue” que cita el título del libro de Fontaine para referirse al período 1985-89, partió desde el profundo pozo en que los mismos Chicago Boys dejaron a la economía chilena. Pero la recuperación de la actividad y la inversión articulada por Hernán Büchi debió convivir con un desempleo que se mantuvo en los dos dígitos hasta 1988, con un 40% de la población en pobreza y con drásticos recortes del gasto público social.
Mientras ello ocurría, los economistas de Cieplan comenzaron a aportar ideas para el retorno a la democracia, se involucraron en la campaña del NO de cara al Plebiscito de 1988, insistiendo en que la democracia no conduciría al caos, ni a la crisis, ni al estatismo. Tras la elección del Presidente Aylwin les tocó demostrar aquello desde el gobierno y también probar que tenía sentido el lema de “crecimiento con equidad” con que se había hecho campaña.
Los economistas de Cieplan no pensaban todos igual —de hecho, no todos eran economistas— y sus ideas fueron cambiando con el tiempo, proceso que continuó una vez en el gobierno. Tomaron la apertura económica al mundo y la transformaron a través de tratados de libre comercio. Siempre valoraron los equilibrios macroeconómicos y buscaron conciliar la economía de mercado con la protección social. Su visión de la economía y las políticas públicas fue cambiando, pero nunca buscaron imponerla por la fuerza, siempre valoraron la democracia, nunca expulsaron a sus adversarios de las universidades ni manipularon las cifras, ni generaron una recesión.
Cuando resurge un espíritu ochentero, se imponen reformas radicales por un voto, se tilda de fracaso todas las políticas previas y algunas autoridades se vanaglorian de su inflexibilidad; cuando se descalifica todo lo estatal y se esbozan nuevas privatizaciones, es bueno recordar que en los ochenta no hubo solo Chicago Boys, sino que también estuvo Cieplan. No me cabe duda de que gracias a eso Chile, con todas sus limitaciones, desafíos y pendientes, es hoy un mejor país.