La semana pasada la Fed y el Banco Central de Chile (BCCh) sostuvieron sus reuniones de política monetaria. En ambos casos la decisión fue mantener la tasa: la Fed dejó su rango en 3,50%-3,75%, y el BCCh, en 4,5%, repitiendo junio. Pero bajo una aparente similitud se escondieron mensajes y estrategias de comunicación distintos, que iluminan el rol de la comunicación de los bancos centrales y el denostado concepto de forward guidance, que consiste en dar señales sobre acciones futuras. La Fed y el BCCh ofrecieron un interesante contraste.
Empecemos por la Fed. En junio decidió no mover la tasa. Warsh expresó preocupación por la inflación y reafirmó el compromiso con la estabilidad de precios; la decisión fue unánime, señal de cohesión institucional. Consistente con su reticencia a entregar forward guidance, el comunicado fue escueto. El trasfondo geopolítico ayudaba: el memorando entre EE.UU. e Irán alimentaba esperanzas de que la guerra amainara.
Para julio, la reanudación de los combates en el Golfo puso a la Fed en una posición incómoda: los riesgos inflacionarios habían aumentado, no disminuido, desde junio. Pese a ello, la función de reacción de la Fed —la que transmitió el comunicado— cambió muy poco. Pero los votos disidentes a favor de un alza sugirieron un giro más duro dentro del Comité. Para colmo, las declaraciones de Warsh en la conferencia de prensa resultaron desconcertantes: lejos de reforzar el mensaje de junio, argumentó que el ajuste ya generado por los mercados reducía la necesidad de subir tasas.
La reunión entonces dejó tres señales contradictorias: un comunicado casi sin cambios, votos por subir, y un mensaje del presidente sobre que no es necesario aumentar tasas. Esto último, en particular asociado con que “el mercado está haciendo el trabajo”, no conversa bien con lo que sabemos de política monetaria. Los bancos centrales no deben tomar las expectativas como un dato, sino moldearlas con un marco coherente. Argumentar que las reacciones de mercado permiten ser más blando es además poco creíble, dado el rol central de la Fed en determinar mediante sus comunicaciones la curva de rendimiento de los bonos del Tesoro. Las anclas de ese proceso son los objetivos del banco central y su función de reacción percibida, y ambas quedaron menos claras tras la conferencia de julio. La consecuencia se vio en el alza de las compensaciones inflacionarias mientras Warsh hablaba.
El contraste con la comunicación reciente del BCCh es revelador. La reunión de junio vino con un set completo de proyecciones en el IPoM y un corredor de tasas. Ese rango de alternativas resultó útil en julio, pues el comunicado destacó el aumento de riesgos inflacionarios, por desarrollos internos y por el conflicto externo, y el lenguaje del Consejo evolucionó para transmitir un cambio en el balance de riesgos sin comprometerse con un curso de acción predeterminado. Mientras en junio se señalaba que los riesgos se equilibraban gradualmente, consistente con una tasa que bajaría hacia un nivel neutral en 2027, en julio, se enfatizó que seguirá evaluando escenarios capaces de generar trayectorias distintas a la central: una estrategia más abierta. Los comunicados del BCCh siguen siendo extensos y cargados de datos, pero sin compromisos precisos sobre decisiones futuras: hablan del futuro sin prometer una trayectoria de tasas.
En la literatura académica se distingue entre comunicación odiseica y délfica de los bancos centrales. La primera, como Odiseo con las sirenas, amarra al banco central a un curso de acción futuro, lo cual es útil en momentos de elevada incertidumbre como la pandemia o la crisis financiera global. La segunda, como el oráculo de Delfos, habla con ambigüedad y signos, de luces y sombras, sin mensajes exactos. Comunica la evaluación de la economía, los riesgos, y cómo respondería la política si cambian las circunstancias. Aunque pasar de la guía odiseica a la comunicación délfica es lo correcto hoy para la Fed, pareciera que Warsh está tentado a derechamente no hablar del futuro. El resultado es confusión: negarse a articular una función de reacción hacia adelante puede interpretarse como un giro a la discrecionalidad pura, algo poco efectivo para tranquilizar a los mercados cuando sigue latente la preocupación por la independencia de la Reserva Federal frente a la presión política.