Una de las principales promesas de campaña que llevó al outsider derechista Abelardo de la Espriella al Palacio de Nariño fue recuperar la seguridad, lo que en otras palabras significará hacer todo lo contrario de su antecesor izquierdista, Gustavo Petro, de quien hereda una situación desastrosa. No habrá más ilusorias propuestas de “paz total” y se volverá al combate frontal del narcotráfico, con el posible regreso de las fumigaciones aéreas.
La situación actual del conflicto interno es la más compleja desde que en 2016 se firmó la paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Según la Fundación Ideas para la Paz, los miembros de los grupos armados hoy suman 28.800, entre combatientes y personal que cumple tareas logísticas y financieras, es decir, casi el mismo número que había hace 10 años, cuando se desmovilizó el grueso de esa guerrilla.
Dentro de la docena de organizaciones criminales que operan actualmente en el territorio, la mayor es el Clan del Golfo, seguido por el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Estado Mayor Central, la más importante disidencia de las FARC.
Junto con el financiamiento obtenido por la explotación de varias economías ilegales —entre ellas, el narcotráfico, la minería del oro y las extorsiones—, estos grupos han optimizado su poder de fuego mediante el empleo de drones cargados con explosivos, con los cuales lanzaron 277 ataques el año pasado, de acuerdo con datos oficiales.
Asimismo, Naciones Unidas indicó que las plantaciones de coca llegaron a un récord de 261.000 hectáreas en 2024 y se estima que hoy la producción del alcaloide es de 3.000 toneladas, más del doble de lo que se elaboraba el año en que Petro asumió el poder. Crítico de la efectividad de la guerra contra las drogas —un debate que, por cierto, existe—, el exguerrillero izquierdista deja su país inundado del polvo blanco.
Traducir su prometida “mano dura” de las palabras a los hechos será una prioridad para De la Espriella, pero también una forma de despejar dudas sobre su pasado, ya que el abogado penalista tuvo entre sus clientes a Alex Saab, reconocido lavador de dinero del régimen de Nicolás Maduro, quien enfrenta un juicio en Estados Unidos.
El año pasado, por primera vez en tres décadas, Colombia fue descertificada por Washington por no combatir el narcotráfico, lo que implica recortes en la ayuda que recibe el país. Durante años, Bogotá había sido el mejor aliado de los estadounidenses en la región, producto de lo cual recibió más de US$ 10.000 millones en asistencia militar y de seguridad, que sirvieron para recuperar el territorio, arrinconar a las FARC y llevar los sembradíos de coca a niveles mínimos. Según las declaraciones de funcionarios del gobierno de Donald Trump, “El Tigre” gozaría de las simpatías necesarias para reactivar la cooperación bilateral en el campo de batalla.
También será importante volver a potenciar las fuerzas militares y de policía, luego de que casi un centenar de altos mandos fueran pasados a retiro en los cuatro años de Petro, se recortara el presupuesto de Defensa —dejando a gran parte de la flota de helicópteros en tierra—, se implementaran controversiales ceses al fuego, se instalara a exguerrilleros a cargo de Inteligencia y se suspendieran los bombardeos de campamentos ilegales.
Colombia no es cualquier país: el deterioro de su seguridad no solo implicó la multiplicación de los grupos armados en su interior gracias al boom de la cocaína, sino que afectó a toda la región, como Ecuador puede dar fe. También había sido clave para contener a una Venezuela con prácticas desestabilizadoras y ahora lo será para el futuro de su vecino, puesto que el ELN tiene una fuerte presencia ahí. Las organizaciones criminales ya han advertido que se enfrentarán a De la Espriella, lo que augura un período inicial de mayor conflictividad. Pero Colombia tiene la experiencia de haber revertido situaciones peores a principios de los años 2000. Lo que es claro es que este país debe volver a la carga, aunque la “mano dura” por sí sola nunca es suficiente. Si no hay crecimiento y desarrollo a la par, pueden volver al poder personajes capaces de desandar lo andado, con los efectos que hoy vemos.
Juan Pablo Toro
Senior research fellow de AthenaLab.