Más que seguir discutiendo entre derechas cobardes y valientes, gobierno cool o fome, parece más útil concentrase, afinar la mirada y entender a quién se enfrenta: una izquierda tóxica. Eso debería bastar para actuar unidos, sin sentimentalismos, con responsabilidad y lealtad.
¿Toda la izquierda es tóxica? Obvio que no. Pero la de ahora y la que manda, sí. Salvo honrosas excepciones.
Una persona tóxica es aquella que deteriora de manera persistente el ambiente en que participa o la relación en la que está. No es culpable de nada y víctima de todo. Manipula emocionalmente, alimenta resentimientos, carece de la más mínima autocrítica y considera moralmente sospechoso o inferior a quien se atreve a discrepar.
¿Cómo se aplica ese concepto a la izquierda actual? Siete ejemplos.
Primero, la Ley de Reconstrucción. Luego de la aprobación de la norma que rebaja el impuesto corporativo, la izquierda se quejaba amargamente que nunca una legislación de esta naturaleza se había votado sin amplio consenso. Izquierda tóxica: llora por la falta de acuerdo, a sabiendas que jamás pondría sus votos para bajar impuestos. Lo que querían era una rendición del Gobierno y no una negociación.
Segundo, la actitud frente a los temporales. Mientras el Presidente y el Gobierno se despliegan por las regiones, haciendo todo lo humanamente posible para mitigar los daños, ya saltó una diputada del PC amenazando con acusación constitucional al ministro del Interior. Izquierda tóxica: frente a una emergencia, reemplaza la colaboración por la amenaza.
Tercero, la posición en materia previsional, salud, empleo y crecimiento. Sus recetas han fracasado donde se han aplicado, pero insisten en ellas desde las consignas descartando la evidencia. Izquierda tóxica: una crisis sirve más sin resolver, porque una vez superada ya no permite seguir acusando al adversario.
Cuarto, el debate educacional. Por años defendieron que el problema de la educación pública era la particular subvencionada y decidieron atacarla de manera extremadamente tóxica. Anularon el mérito, castigaron el esfuerzo, y decidieron hacer ingeniería social con los hijos de otros. Saben que su reforma no ha traído ni calidad ni equidad, pero la defienden igual. Izquierda tóxica: lo relevante no es corregir un problema, sino mantener una agenda como munición.
Quinto, la Convención Constitucional. La izquierda interpretó el estallido como una autorización para refundar Chile. Y cuando se le dio un portazo en la cara, el problema era que el pueblo no los supo entender ni seguir. Izquierda tóxica: el reemplazo de la autocrítica por la atribución de patologías al elector. Un rasgo corrosivo de manual
Sexto, la relación con la violencia. La izquierda la relativiza y justifica cuando sirve a sus causas. Llamó presos políticos a condenados por delitos comunes, convirtió a quienes incendiaron Chile en símbolos de una supuesta lucha social y persiguió a quienes nos defendían. Izquierda tóxica: siempre sospecha del carabinero y busca explicaciones benévolas para el delincuente.
Séptimo, la política la asumen como una lucha entre el pueblo y los privilegiados; los defensores de derechos y sus enemigos; los pobres y los ricos. Y esos criterios se los aplican, también, sin piedad al que se atreva a discrepar adentro de sus filas. Izquierda tóxica: la causa exige silenciarlo, como sea. Y ese “como sea” es bastante peligroso cuando hablamos de una coalición que tiene un matrimonio por conveniencia con la violencia.
“Ministro Quiroz, no le tenemos miedo, llevaremos su megarreforma al Tribunal Constitucional”, gritaba una parlamentaria de izquierda hace unos días. Alocución tóxica. ¿Por qué habría de tener miedo? Al Tribunal Constitucional se recurre para defender el respeto a la Constitución vigente. Se necesitan argumentos jurídicos, no pataletas. Ni tampoco hay que ser un héroe para presentar un requerimiento.
Una persona tóxica destruye relaciones y envenena los ambientes. Frente a ella, siempre existe la posibilidad de tomar distancia, aunque a veces cueste. Pero de un sector político tóxico no hay dónde refugiarse ni cómo blindarse: sus decisiones y sus fracasos terminan alcanzando a todos y deteriorando la convivencia de un país entero.
Por eso no basta con identificarla. Hay que enfrentarla. Con datos frente a sus consignas, con firmeza frente a sus intimidaciones, con propuestas frente a su impulso destructivo, con un Gobierno que resuelve los problemas, y con un oficialismo que ponga siempre a Chile primero.