El fútbol, qué duda cabe, es escuela de vida. No solo un juego de niños practicado por adultos, sino también una fuente de enseñanzas. Lo que se goza, aprende y sufre en el rectángulo verde es un espejo en el que se refleja la actividad humana. También la política.
El Mundial que termina hoy proporcionó esta semana una de esas lecciones que, bien entendidas, puede servir de orientación para los tomadores de decisiones. Los partidos de semifinales ilustran algo que ocurre a menudo en la política, que, en concreto, le ha sucedido antes a la derecha chilena y puede volver a pasarle ahora que está de vuelta en La Moneda.
En la primera semifinal, disfrutamos con el juego de España. Enfrentaba a Francia, técnicamente la selección mejor dotada del planeta, con incontables estrellas, favorita para ganar la Copa del Mundo. Pese a la adversidad, los españoles eligieron jugar como siempre lo han hecho: toque, posesión y convicción. Triunfaron con claridad y todos los felicitan por una victoria conseguida sin renuncias.
La segunda semifinal enfrentó a Inglaterra con Argentina. Un encuentro tenso y rudo en el que los ingleses jugaron de igual a igual hasta que se pusieron en ventaja. De ahí en más, cambiaron su estilo, perdieron la convicción y se dedicaron a defender. Salieron derrotados y hoy abundan las recriminaciones por haber dejado de desplegar su juego tras anotar.
Incluso si los españoles pierden hoy ante los voluntariosos argentinos, la moraleja de las semifinales es bastante obvia: aquellos que perseveran y mantienen sus convicciones pueden aspirar no solo al triunfo, sino también al orgullo de haber sido coherentes y no tener nada que lamentar. En cambio, los que pierden la fe y traicionan sus creencias para asegurar una victoria parcial a menudo se quedan con las manos vacías y con cargo de conciencia.
Lo vemos en política. En 2010 y 2018, la derecha prometió, entre otras cosas, acabar con la puerta giratoria, mejorar el Estado, rechazar el matrimonio homosexual, poner fin a los juicios contra militares por violaciones a los derechos humanos, abrir las puertas del desarrollo y no reformar la Constitución. Una vez ganada la elección, sin embargo, le pasó lo mismo que a los ingleses después de convertir: extravió el camino, perdió la convicción y terminó derrotada en 2014 y 2022.
Entre promesas, proyectos de ley, metáforas e hipérboles, el Ejecutivo actual enfrenta una encrucijada similar. ¿Jugará a la inglesa o a la española? Hasta ahora, las señales son mixtas. Ha impulsado iniciativas que se condicen con el estilo de juego que anunció en la campaña, en especial gracias al proyecto de Reconstrucción. Sin embargo, en otros aspectos, como la lucha contra la delincuencia, la inmigración ilegal o el desempleo, ha estado lejos de actuar con la misma determinación. Al mismo tiempo, usando como excusa la emergencia, les ha quitado el bulto a los temas doctrinarios.
Es cierto que, como se dice en el fútbol, el rival también juega. A veces las condiciones hacen difícil cumplir. Por ello, resultan comprensibles algunos retrocesos tácticos, pero no un cambio total, a la inglesa, del estilo de juego. Al final, como bien saben los españoles, la consecuencia es más útil y satisfactoria. Incluso si pierden hoy, sabrán que nunca postergaron sus convicciones y que dieron todo lo que podían. Los ingleses, mientras tanto, seguirán recriminándose y preguntándose qué habría pasado si no hubieran abdicado. ¿Le pasará algo parecido a la derecha chilena en el Gobierno? El tiempo dirá.