En medio del debate sobre la ideologización de las relaciones exteriores del gobierno de José Antonio Kast —estimulado por sectores que, por ejemplo, no cuestionaron la convocatoria y participación de Gabriel Boric en cumbres exclusivas de líderes de izquierda—, resulta oportuno levantar la mirada hacia un país asiático con el cual tenemos profundas conexiones: Corea del Sur.
Chile es uno de los pocos países de Latinoamérica con un Tratado de Libre Comercio vigente desde 2004 —el primero que Seúl firmó con una nación fuera de Asia—, mantiene una relación de casi seis décadas de vínculos diplomáticos ininterrumpidos, y comparte intereses concretos en litio, cobre, energías renovables y semiconductores. Y como vimos recientemente, cuenta con una fanaticada del K-pop capaz de movilizarse en las calles.
Con poco más de un año en el poder, el Presidente Lee Jae-myung está implementando lo que él mismo define como una “política exterior pragmática”, que ha vuelto a enrielar positivamente a su nación en el escenario internacional después de superar turbulencias internas, y ha despertado el interés de la prensa especializada, ávida de encontrar líderes capaces de navegar en climas extremos.
El mandatario centroizquierdista tomó las riendas del poder tras la severa crisis institucional que dejó la destitución de Yoon Suk-yeol a fines de 2024, quien declaró ilegalmente la ley marcial, lo que derivó en varios interinatos. Dedicado a la estabilización política mediante el diálogo con los conservadores y capitalizando un boom bursátil impulsado por la inteligencia artificial, Lee hoy detenta un 60% de aprobación, lo que le ha dado el respaldo nacional necesario para reestructurar la política exterior.
Según el Presidente, en la relación de Corea del Sur con el mundo deben primar los intereses nacionales por sobre las ideologías, la seguridad económica y la flexibilidad estratégica. Por tanto, no caben ni el alineamiento irreflexivo con Washington, ni el acercamiento incondicional con Beijing, ni tampoco la demonización de su vecino.
Respecto a Pyongyang, reconoce su sistema político y propone un enfoque gradual que conduzca a congelar y reducir el arsenal norcoreano antes de exigir la desnuclearización, aunque Kim Jong-un mantiene su hostilidad y estrecha la cooperación militar con Rusia, lo que incluye el envío de tropas y municiones.
Con Estados Unidos, Seúl acordó invertir US$ 350.000 millones en ese país y obtuvo el aval de Washington para desarrollar submarinos de propulsión nuclear, al tiempo que se comprometió a elevar el gasto en defensa al 3,5% del PIB, convirtiéndose en un “aliado modelo”. Paralelamente, estabilizó la relación con Japón ante los desafíos de seguridad compartidos y reactivó los lazos comerciales con China mediante 14 acuerdos bilaterales tras visitar a Xi Jinping. Su premisa es clara: cultivar los tres vínculos simultáneamente.
Como importador neto de hidrocarburos, la crisis en el estrecho de Ormuz obligó a Corea del Sur a diversificar sus fuentes energéticas apostando más por Canadá, mientras expandió sus ventas de armas hacia socios no tradicionales, como Polonia —tanques, artillería y aviones— y Emiratos Árabes Unidos —interceptores de misiles—, a la vez que comprometió US$ 100 millones para Ucrania.
Todo lo anterior se enmarca en un relato de identidad nacional. El gobierno de Lee presenta a Corea del Sur no solo como una economía exitosa o un aliado de Estados Unidos, sino como una “potencia mediana democrática” capaz de influir en el orden global empleando un portafolio diverso de herramientas y asociaciones. En ese enfoque concurren tres elementos: la resiliencia democrática coreana como un éxito exportable —tras la crisis de 2024—; el liderazgo tecnológico, desde teléfonos móviles a la IA; y la influencia cultural a través del K-pop, los K-dramas y otros productos culturales. La experiencia de Seúl, por tanto, ofrece directrices valiosas para la inserción internacional chilena.
Si bien Chile cuenta con herramientas como el CPTPP, el TLC con Corea del Sur y muchos otros acuerdos, requiere un relato unificador que conecte la minería, la energía y la proyección marítima en una sola narrativa país. El discurso noventero de atraer inversiones no es suficiente hoy.
También es imperativo gestionar las dependencias estratégicas —como la exportación de cobre y litio sin valor agregado o la inversión extranjera en infraestructura— bajo una lógica de seguridad económica. Mantener relaciones ventajosas con potencias rivales como Estados Unidos y China es viable si las decisiones sobre cables de fibra óptica, puertos, instalaciones espaciales y minerales críticos se anclan en intereses nacionales definidos, no en conductas reactivas.
Por último, es necesario integrar el poder blando: Chile debería fusionar su prestigio paisajístico, astronómico, vitivinícola, literario y científico-antártico como complemento consciente de la diplomacia tradicional.
Tras las visitas por el continente en plan de recomposición de relaciones, el gobierno de Kast debe apostar firmemente por la región donde al país le ha ido mejor y le irá mejor: el Indo-Pacífico. Es de esperar que la “diplomacia pragmática” del coreano Lee reciba la atención suficiente, si no como modelo a seguir, al menos como un necesario estímulo.
Juan Pablo Toro
Senior Research Fellow, AthenaLab