Enrique Krauss Rusque ha muerto a los 94 años, y con él se nos va una de las últimas voces directas de una generación que construyó, con las manos y no solo con los discursos, la democracia que hoy tenemos. Escribo estas líneas no como un analista más frente a la noticia, sino como alguien que tuvo el privilegio de ser su jefe de gabinete y de ver, desde la trastienda del poder, cómo se ejercía la política cuando de verdad importaba hacerlo bien.
Krauss fue ministro del Interior durante todo el mandato de Patricio Aylwin, entre 1990 y 1994. Ese dato, que hoy parece una anécdota cronológica, fue en su momento una hazaña institucional: ningún ministro del Interior volvería a completar un período presidencial entero. No fue casualidad ni comodidad. Fue el resultado de una lealtad sin fisuras hacia Aylwin y de una eficacia que se ganó a pulso, en los años más difíciles de la transición.
Le tocó administrar el orden público en un país que aún no sabía bien si la democracia recién recuperada iba a sobrevivir. Enfrentó, con el mismo temple, tanto a los nostálgicos del régimen anterior como a quienes, desde el otro extremo, no le dieron tregua a la democracia naciente con actos terroristas. El asesinato de Jaime Guzmán y el “boinazo” —momentos en que la institucionalidad crujió— lo encontraron al mando, sin estridencias, sin protagonismo innecesario, con la cabeza fría que exigían esos días.
Desde mi lugar en su gabinete, puedo dar fe de que esa serenidad no era una pose para las cámaras. Era su método de trabajo: escuchar antes de decidir, cuidar la forma tanto como el fondo, y proteger siempre la relación de confianza con el Presidente por sobre cualquier cálculo personal. Esa lealtad —a Aylwin, a la Democracia Cristiana, a la palabra empeñada— fue quizás su rasgo más distintivo, y hoy escasea en la política chilena tanto como él mismo advertía.
Militó en la DC hasta el final, incluso cuando el partido dejó de ser la fuerza más votada del país que llegó a presidir a mediados de los noventa, y atravesó después años de declive que él vivió con la misma fidelidad con que había vivido sus años de gloria. Fue también diputado, embajador en España, Ecuador y República Checa, y padre de Alejandra Krauss, quien continuó ejerciendo el servicio público que él le enseñó con el ejemplo. Enrique era, además, un hombre de pluma fácil y entretenida. Los lectores de El Mercurio echarán en falta las viñetas de Corusco, siempre ciudadanas, cultas y con optimismo. Tuve la oportunidad de estar cerca de él en sus últimos años y, si bien el cuerpo ya no lo acompañaba, mantuvo siempre una gran lucidez y una preocupación intacta por el presente y el futuro de la patria que amaba profundamente.
Buena parte de quienes trabajamos con él en Interior éramos jóvenes de poco más de treinta años. Aprendimos ahí, y fuimos no pocas veces corregidos por errores o apresuramientos, siempre en un tono paternal y pedagógico que nunca humillaba, solo enseñaba.
Muy probablemente se volverá a encontrar con don Patricio y con Belisario, para ver desde lejos el devenir del país.
Chile pierde a un hombre que entendió el poder como responsabilidad y no como vanidad. Yo pierdo a un jefe del que aprendí que la política, cuando se ejerce bien, no necesita levantar la voz para dejar huella.
Descanse en paz, don Enrique. Merecido lo tiene.