Los síntomas se vienen presentando a borbotones en los últimos meses. El más reciente es la constatación de que decenas o cientos de niños haitianos ingresaron a Chile como Pedro por su casa sin que alguien sepa con meridiana certeza dónde están, si viven con alguno de sus familiares o si ya se convirtieron en protagonistas de un guion macabro que produce escalofríos de solo imaginárselo. Para mayor morbo, los menores no entraron al país evadiendo zanjas, sino por los pasillos del aeropuerto de Santiago a plena luz del día.
Pero antes de eso fue la constatación de que el Tren de Aragua era cuentacorrentista de al menos un par de bancos de la plaza. Y antes, que los ejecutivos de Codelco fueron compañeros de curso del ministro Grau en el ramo “Presupuesto I”, calcularon mal y terminaron pagando seis veces más por la remodelación de su edificio corporativo.
Y antes, que 550 mil estudiantes decidieron no pagar durante años, lustros o décadas los préstamos que ellos mismos habían pedido a tasas preferenciales para ir a la universidad, sin que ninguna institución pública los enfrentara en serio por la sinvergüenzura de sus actos. Y antes, que cerca de 30 mil servidores públicos se fueron de viaje al extranjero, convenientemente en septiembre y diciembre, pese a estar con licencias médicas, mientras todos los chilenos, ya sea por isapre o por Fonasa, les pagábamos esas mismas licencias.
Todos estos casos dan cuenta, además de una rabia infinita, de un Estado que hace agua por los cuatro costados. Por buenas o malas razones, la clase política no ha querido hacerse cargo de la que, a estas alturas, es una impostergable modernización del Estado.
Nadie quiere ver el elefante en la habitación.
Los problemas de atención y empatía, las duplicidades, la falta de excelencia, el sindicalismo inmovilizante, el anquilosamiento progresivo, las descoordinaciones y el paga Moya son todas erupciones cutáneas de un paciente que está infectado gravemente en sus intestinos. La postergada modernización del Estado es la reforma incómoda que nadie quiere hacer, porque su respuesta implica asumir costos políticos, económicos y sociales enormes. Mientras tanto, el statu quo se mantiene y todos los chilenos, de capitán a paje, nos vemos afectados en el día a día.
Sería injusto no valorar que hay reparticiones y personas que dan lo mejor de sí y hacen un trabajo de calidad; pero la última línea del Estado deja siempre un saldo negativo, una sensación de que todo se pudo hacer mejor, y un tufillo a Hermosilla y Quintanilla que en pleno siglo XXI es inaceptable.
A Chile le pasó algo parecido con el crecimiento. Por cerca de dos décadas, aunque con mayor fuerza desde 2014 en adelante, comenzó a estancarse. De crecimientos de 7% pasamos a otros de 4%. Y en un abrir y cerrar de ojos, comenzamos a promediar menos de 2% durante la última década.
Pero quizás movilizados por el vértigo de haber caminado irresponsablemente por la cornisa entre el estallido social y el primer plebiscito de salida, una amplia mayoría de las fuerzas políticas se empezaron a tomar en serio el tema. De forma increíble, derechas, centros e izquierdas coincidieron de pronto en que la “permisología” y la tasa corporativa de 27% de impuestos eran frenos para el crecimiento. Y con más o menos ganas, con mejores o peores proyectos, y con y sin compensaciones, decidieron enfrentar el problema.
En un giro copernicano, y en apenas cinco años, pasamos de discutir la plurinacionalidad del Estado de Chile, el fin del Senado y la “sintiencia animal”, a si la invariabilidad tributaria tiene que ser de 20 o 25 años. Para no creerlo… y bienvenido el cambio.
¿Y si para la modernización del Estado pasara lo mismo? El tema es colosal, pero también ineludible. La suma y suma de casos de connotación pública, y las experiencias propias y ajenas, se multiplican todos los días, dando cuenta de un organismo que tiene alterados sus propios cimientos y al que hay que aplicarle cirugía a corazón abierto.
La modernización del Estado bien valdría hacer un esfuerzo de toda la clase política para oxigenar y eficientar un aparato institucional que no da el ancho, el alto ni el largo desde hace mucho tiempo. Se ha hecho antes y se puede hacer ahora.
De lo contrario, Chile seguirá siendo una copia feliz del genial cuento “El traje nuevo del emperador”, de Hans Christian Andersen: todos nos hacemos los lesos de manera colectiva de una situación que es obvia y evidente, pero que preferimos no ver.
El problema es que nuestro ingenuo autoengaño ya se hace insostenible.