“Yo no me guío por las encuestas” es una frase clásica de políticos que pretenden demostrar firmeza frente a las dificultades o que impulsan proyectos que van en contra del juicio ciudadano.
Sin embargo, estudiar las encuestas es un ejercicio muy necesario para quienes toman decisiones, pues permiten ponderar el clima social con que se reciben las propuestas y acciones públicas. Leerlas atentamente, revisar las conversaciones en redes sociales y conocer las metodologías de investigación que recogen tendencias de opinión pública son un deber.
Estas “fotos del momento “, como se les dice a las encuestas cuando la intención es ningunearlas, no son para usarlas como oráculos, sino simplemente como radares para captar oportunidades y, sobre todo, para evitar la catástrofe.
Lo más notorio de estas mediciones es siempre la evolución en los datos de desaprobación del gobierno de turno. En el caso de la última CEP, la cifra es muy alta, pensando que el trabajo de campo de los encuestadores finalizó antes de los primeros 75 días del inicio del Gobierno. Pasar del 58% de votación obtenido en diciembre a un 34% de aprobación en mayo es una modificación del juicio popular “estadísticamente significativa”.
A su vez, que el 57% de los chilenos tengan “poco o nada” de confianza en que el Presidente Kast cumplirá sus promesas implica una evaporación rápida de popularidad y credibilidad.
Como estamos tan acostumbrados a mirar las encuestas con una perspectiva competitiva, también ocurre que nos cuesta valorar cuando ellas traen buenas noticias.
El año pasado, a partir de los datos entregados por la CEP de mayo de 2025, se inició una reflexión respecto de cuánto había retrocedido en Chile el aprecio por la democracia. Esta medición reflejó que se venía profundizando en Chile un quiebre entre la ciudadanía y las instituciones, en gran medida a causa de su incapacidad de proveer adecuadamente bienes públicos importantes para la gente como seguridad o salud. En 2025, un 34% de los encuestados consideró que daba lo mismo cuál fuese el régimen político de Chile y un 18% se manifestó derechamente a favor de un gobierno autoritario bajo ciertas circunstancias. La suma de esos grupos superó a quienes aprobaban la democracia.
En la última medición (mayo 2026), los aprobadores de la democracia crecieron del 44% al 54%. Probablemente una de las explicaciones esté en el hecho de que un sector favorable al autoritarismo fue seducido por candidatos que participaron activamente en las últimas
presidenciales.
Al mismo tiempo, ha crecido la confianza en las instituciones y el porcentaje de los chilenos que valoran a líderes proclives a los acuerdos.
En estos tiempos en que el multimillonario Peter Thiel, profeta de la antidemocracia, es recibido en La Moneda, es una buena noticia saber que en este país la mayoría de los chilenos valora la democracia.
La contraparte de esta buena noticia es que se ha crecido el pesimismo respecto del futuro del país. Dos tercios de los encuestados consideran que en los próximos 12 meses la economía empeorará o no mejorará, y el 70% cree que nuestra nación está estancada o en decadencia. Este puede ser el resultado de la mezcla de malos datos económicos con el discurso reiterativo del oficialismo respecto de que el país “está en ruina”.
Una lectura productiva de esta última encuesta CEP debiese llevar al sistema político a trabajar intensamente en producir resultados respecto de las prioridades que indica la ciudadanía, fomentando grandes acuerdos, y con la cabeza puesta en desarmar el pesimismo
fortaleciendo un discurso propositivo y esperanzador. Por la vía del ejemplo: más leyes de salas cunas y menos acusaciones constitucionales.