Sacar a pasear a mi perro es un ritual cotidiano con altos imperdibles: la panadería y la Librería Francesa, donde queda amarrado a un escaño esperando que su dueña (yo) encuentre alguna conversación interesante extendida en el tiempo en francés (libro) que me haga recordar a mi papá, cuando yo tenía siete años, cada vez que me sacaba un TB (très bien), un 7 en francés, y me regalaba un libro de historietas: podía ser Martine, esa historieta ilustrada que contaba las aventuras de esta niñita en su ciudad y en el campo, o Asterix si quería reírme un rato.
Me acuerdo de todos esos personaje cuyos nombres asociados a una virtud o vicio eran tan geniales: Obelix de obeso, Idefix de idea, Panoramix el sabio que lo veía todo, Assuranceturix, de assurance el jefe tan seguro de poder sobrevivir a los romanos...
Pero ayer mi ritual tuvo una triste noticia: la Librería Francesa, sí, esa de la bolsita negra con la torre Eiffel dorada, me cuenta su dueña entre nostalgia y resignación, cierra sus puertas porque no puede competir con los costos de los fletes y con el paso del tiempo, ya que se quiere jubilar y al parecer nadie la seguirá en esta posta que ha sido por décadas una apuesta por mantenernos a pocas cuadras de esa cultura tan admirable como es la francesa a través de sus prosas, historias, poemas y novelas.
Adiós a las cartas de Loo Andrea Salomé al cándido de Voltaire; a los reyes malditos en su versión original; a Luc Ferry y sus preciosas reflexiones, o al genial Alain de Botton en francés... Y podría seguir con una enorme lista de publicaciones en francés que, sumadas a las muchas en español, han hecho por mucho tiempo de esta pequeña casa casi sin letreros, en el corazón de Vitacura, el lugar por excelencia donde siempre uno podía encontrar lo que andaba buscando o encontrarse con una sorpresa interesante.
Es que ver el cierre de una librería me activa no solo la nostalgia de una infancia compartida con mi papá, que ya murió bastante joven hace un tiempo, sino que me hace pensar en lo triste que es que nuestros referentes cotidianos y amables vayan desapareciendo de nuestro paisaje sin avisar, sin antes pedir ayuda para que los que vivimos cerca, o por último las instituciones públicas, municipio, embajada o el mismo colegio francés de en frente, hubiesen o hubiésemos podido hacer algo.
Entiendo la situación de la amable y encantadora dueña, pero eso no excluye mi pena por ver que muere algo de la historia de un barrio, y por ende de la mía.
El cierre de una librería lo asocio inevitablemente al cierre de un modo de ser, a la pausa que da un libro impreso, a la calma que le reporta a la mente y a ese momento de intimidad sin interrupción donde nos sumergimos en un mundo distinto al nuestro, que muchas veces no solo moldea el propio, sino que puede cambiarlo. Esas historias y voces que ya no tendrán eco en los posibles lectores.
Me siento una afortunada de haberla tenido cerca de mi casa por tanto tiempo, pero también entiendo la historia personal de la dueña.
El fin de una librería de barrio es más que el cierre de un local de venta, es el fin del acceso a ideas puestas en ese objeto tan maravilloso que es el libro. Quizás uno de los mayores inventos de la humanidad, como lo narra tan bien la española Irene Vallejo en su infinito en un junco. Un infinito que pareciera a veces ser finito a causa de la prisa y la sobredigitalización de nuestra forma de aprender y conectar con las historias y vidas de otros. Un infinito que en momentos de vacío nos ha salvado muchas veces, pero cuando desaparece de un escenario crea un dolor en la posibilidad de soñar.