Señor Director:
El sábado pasado estaba en la terraza de un restaurante viendo la final de la Champions League cuando algo me sacó varias sonrisas. Un grupo de niños recorría mesa por mesa intercambiando láminas del álbum del Mundial. No tenían un celular en la mano. Conversaban entre ellos, se acercaban a saludar, revisaban sus fajos y negociaban cada intercambio. Niños compartiendo con otros niños. Niños siendo niños.
La escena me llenó de nostalgia, pero también de esperanza. Fue una demostración de que todavía es posible pasarlo bien “a la antigua”, sin depender de pantallas. Que aún existe espacio para la conversación cara a cara, para la espontaneidad y para esos pequeños rituales que marcaron la infancia de tantas generaciones.
Ingrid Vignolo H.