Señor Director:
En medio del entusiasmo que genera la IA y de las reiteradas declaraciones sobre la necesidad de acelerar el crecimiento económico y aumentar la productividad, conviene recordar una cuestión fundamental: ningún país ha logrado incorporarse con éxito a la economía del conocimiento debilitando las instituciones que la producen.
Existe una profunda contradicción entre aspirar a que Chile participe de la revolución digital, incorpore inteligencia artificial y avance hacia actividades de mayor valor agregado, y reducir los recursos para la investigación, desmantelar programas formativos o desvalorizar el aporte de las universidades y de los científicos.
La ciencia y el conocimiento no son un resultado automático del desarrollo; son una condición para hacerlo posible. Cuando un país debilita su sistema científico, no solo pierde investigadores y proyectos, sino también la capacidad de generar soluciones propias y de reducir su dependencia tecnológica.
La pandemia lo demostró con claridad. Las competencias científicas que permitieron contribuir al diagnóstico, al análisis de datos y a los estudios clínicos no surgieron de manera espontánea; fueron el resultado de décadas de inversión y de fortalecimiento institucional.
La discusión sobre la innovación no puede limitarse a la adopción de nuevas aplicaciones, debe considerar qué capacidades nacionales queremos desarrollar para participar activamente en su creación y regulación. De lo contrario, corremos el riesgo de transformarnos en simples consumidores de tecnologías y de decisiones diseñadas por otros.
Flavio Salazar Onfray
Profesor Universidad de Chile, exministro de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación