Más allá del alegato específico —la expulsión del jugador cruzado José Salas ante Universidad de Concepción—, no deja de ser un acierto la caricatura que describió el DT de Universidad Católica, Daniel Garnero, sobre los árbitros actuales. “Son todos fisicoculturistas, se pintan, tienen una facha. Se saben el reglamento de memoria, pero a la esencia del juego le erran un montón. Y no solo en Chile. Ahora, en la esencia del juego, se equivocan mucho… mamita querida”, decía el domingo el estratega de los cruzados, con bronca porteña.
Claro, Garnero en su crítica tiene mucho de razón. Los jueces actuales de todo el mundo —a partir, podría decirse, del estiloso y marketero italiano Pierluigi Collina a comienzos del presente siglo— asumieron derechamente no solo ser parte del espectáculo futbolístico, sino que protagonistas de él.
Los árbitros, entonces, no solo se desprendieron del color negro tradicional cambiándolo por un guardarropa de todos los colores imaginables y con diseños modernos, sino que, además, agregaron espacio para parches de publicidad, porque sintieron que alguna tajada del reparto les tenía que tocar.
Junto con ello, y hay que ser justos, los profesores, instructores y presidentes de comisiones de jueces subieron los estándares e impusieron mayores exigencias físicas, intelectuales y culturales a quienes postulan a ser árbitros. Proceso de profesionalización le llamaron.
Todo ello acabó, por suerte, con una casta arbitral que ya por apariencia daba vergüenza. Tipos gordos, con capacidad física lamentable, que encaraban con grosería y petulancia a los jugadores o derechamente ignorantes del reglamento, y que extrañamente llegaban a instancias importantes (cómo olvidar como paradigma al paraguayo Juan Francisco Escobar), fueron desapareciendo poco a poco de escena, para dar paso a una nueva generación de tipos que, se suponía, llegarían a poner orden e impartir justicia con base en su mejor preparación integral.
Pero no. Casi 30 años han pasado del comienzo de esta esperada revolución y está claro que el arbitraje se transformó, pero no en lo que supuestamente debía hacerlo. O no en la medida de lo esperable.
Si bien es justo destacar algunos aspectos positivos que se han logrado en este período de reseteo (condición física acorde con lo exigido, incorporación de mujeres a este mundo, mejor preparación en manejo de idioma y de lenguaje general), los árbitros siguen al debe en lo esencial: demostrar conocimiento en la reglamentación y buen discernimiento en la aplicación de este.
Esto último se ha visto en forma más evidente desde la llegada de la tecnología (VAR), que derechamente ha producido un efecto no deseable: que los jueces en cancha sean inseguros y que no se atrevan a tomar decisiones.
Ese sí es un problema grave y que el mundo referil en su conjunto (y ojalá en forma que no sea de modo de pandilla, como actúa generalmente) debe ser capaz de superar.
La cultura, la facha, la prestancia y el culto al cuerpo son, sin duda, avances importantes. Pero no bastan. Hay que ponerle un poco de conocimiento, lógica, sensatez y criterio a la pega.