Este sábado murió Jürgen Habermas, uno de los intelectuales, filósofo, sociólogo, intelectual público, más relevantes del siglo XX y de lo que va del actual. ¿De dónde deriva la importancia que posee al extremo que casi todos los diarios del mundo han dedicado páginas a su obra? ¿Por qué podría ser importante, en el mundo de hoy, atender a lo que expuso y enseñó?
Hoy, la política de desliza peligrosamente hacia la mera fuerza o la simple voluntad. Se expande la creencia de que la pluralidad cultural es una batalla de concepciones acerca del bien; que gobernar es favorecer lo que se juzga son los mejores intereses y las propias creencias; que para hacerlo se requiere una decisión y voluntad firme; que la nación es una identidad colectiva que merece protección frente al otro, el extraño. Ello está ocurriendo en la política doméstica en muchos sitios y, sin duda, a nivel internacional.
Habermas es una de las voces que durante más de medio siglo se han opuesto a esa concepción de la vida social. Él ha abogado por la racionalidad del debate moral, por un cosmopolitismo respetuoso de la diversidad cultural, y por la idea que a la base de la democracia se encuentra el diálogo sin coacciones.
La obra de Habermas se vincula con la revalidación de la razón práctica que se produce en la segunda mitad del siglo XX. La razón práctica es aquella parte de la racionalidad que guía la acción o la conducta. Es la que nos permite responder las preguntas, ¿qué debo hacer?, ¿cómo debo comportarme?, ¿qué tipo de instituciones debemos tener? La primera mitad del siglo XX estuvo muy influida por la idea de que la racionalidad práctica no existía y que a la hora de guiar la conducta en realidad expresábamos preferencias o emociones, pero no razones. Habermas es uno de quienes mostraron que ese tipo de preguntas —que están a la base de la democracia— pueden ser respondidas racionalmente, incluso en una sociedad plural, sobre la base de aquello que presuponíamos al comunicarnos. Al dialogar sobre esto o aquello, nos suponemos recíprocamente la misma capacidad de discernimiento y al intentar convencernos renunciamos a la coacción. Eso basta, pensó, para sostener que la igualdad y la suspensión de la fuerza son principios morales que subyacen a nuestra voluntad de entendernos. En los supuestos de un acto de habla están implícitos esos principios morales. Llamó a eso “Teoría de la acción comunicativa” (como tituló una de sus más importantes obras) y de ella derivó lo que se ha llamado la concepción deliberativa de la democracia.
Uno de sus textos más influyentes, relacionado con lo anterior, es “Historia y crítica de la opinión pública”. Mostró allí que la esfera pública aparece como un ámbito distinto al Estado y al mercado, gracias a la aparición de la prensa y los espacios de sociabilidad como los cafés. En ellos, explicó, las personas ejercitaban su racionalidad como ciudadanos, como pertenecientes a un mundo común, y sometían a escrutinio a la autoridad política. En sus últimas obras siguió explorando las transformaciones que esa esfera de la opinión —la prensa, entre otros— experimentaba como consecuencia de las redes. De lo que nunca dudó fue que en condiciones modernas la prensa y los medios son la clave de la deliberación e indispensables para la democracia.
Se ocupó también de los desafíos éticos que planteaba el desarrollo de la biotecnología. Y en “El futuro de la naturaleza humana” sometió a examen la clonación y el empleo de técnicas genéticas para alterar nuestras dotaciones naturales o diseñar nuestro potencial genético. Y al revés de lo que se pudiera pensar, se opuso al empleo de esas técnicas, porque —dijo— buena parte de nuestras concepciones morales, como la igualdad o el respeto recíproco, derivan del hecho que el azar forma parte de lo que somos. Si supiéramos cuánto de nosotros se debe a qué, si pudiéramos describir con claridad nuestras potencialidades y lo que nos constituye, si supiéramos cuánto de nosotros se debe al azar y cuánto al desempeño, parte de nuestras convicciones morales desaparecería. En eso Habermas fue agustiniano.
Entre sus últimas obras destaca, sobre todo, su preocupación por discernir el lugar que la religión posee en la esfera pública y en la democracia. Es famoso su diálogo con el entonces cardenal Ratzinger donde exploran los presupuestos normativos de la democracia y la manera en que la religión ayuda a sostenerlos. El principal defecto de la democracia había dicho Böckenförde (un jurista discípulo de Schmitt) es que ella no es capaz de garantizar sus propios presupuestos. Muchos vieron en esa constatación un defecto de la democracia; pero Habermas mostró que no, que la democracia genera una cierta ética del reconocimiento y del diálogo gracias, entre otras cosas, a los vínculos con la tradición religiosa.
Su última obra, un texto monumental, es una “Historia de la filosofía”, donde analiza la forma en que la filosofía occidental no puede explicarse sino como un entrelazamiento permanente entre los problemas de la fe y los del saber. Muestra en ella de qué forma las grandes tradiciones religiosas (que antes exploraron Jaspers o Weber) subyacen en muchas de nuestras convicciones seculares.
La cultura de hoy, y la cultura política de la democracia liberal, ha sido modelada, en buena parte, por la obra de Jürgen Habermas, cuya vida, desgraciadamente, se acaba de apagar. Y la subsistencia de esa cultura depende de la capacidad de las élites y los intelectuales de reflexionar sobre los asuntos acerca de cuyo sentido y origen Habermas dedicó la totalidad de sus días.
Carlos Peña