Si el pasado es un indicador válido de lo que podría estar por venir, debería haber inquietud por lo que hará en la izquierda desde la oposición. Es principalmente allí donde han tenido lugar en el pasado reciente actitudes abiertamente antidemocráticas. Hay que recordar la manera en que se condujo la facción dominante de ese sector, compuesta por el Frente Amplio y PC, cuando le tocó estar fuera de La Moneda. Estuvo lejos del salón y el diálogo. Primaron más bien la ruptura e, incluso, los impulsos revolucionarios en momentos decisivos.
Por ello, una de las incertidumbres clave del ciclo que se inicia es qué actitud adoptará la izquierda para tratar de recuperar relevancia política ahora que retorna a la oposición. Es imposible no preguntarse si emprenderá otra vez la ruta de la protesta callejera violenta y la polarización para generar una radicalización que le permita imponer su agenda por la vía de los hechos y el desafío a las instituciones. Eso fue lo que hizo antes y no puede descartarse que vuelva a intentarlo ahora.
A diferencia del escenario de 2011, 2019 o 2022, hoy la izquierda ya estuvo en La Moneda y no le fue bien. No es aventurado decir que fue el amateurismo de la administración Boric lo que pavimentó el camino para la llegada al poder de su némesis. Porque el Presidente Kast no se entiende sin el presidente Boric. En 2021, Kast alcanzó 44% de los votos; en 2025, 58%. ¿Qué medió entre ambas elecciones? Sencillo: el experimento de Boric y la nueva izquierda. Ya dijo con sabiduría Joseph de Maistre que la contrarrevolución no cobra fuerza gracias a la resistencia conservadora, sino por la desmesura de los jacobinos.
Desalojada del gobierno, ahora la izquierda tiene otros problemas. No solo despilfarró su oportunidad con un Ejecutivo inepto que salió de La Moneda con más descrédito que orgullo, sino que cuatro años en el poder le han hecho perder altura moral, credibilidad y coherencia. Quizás peor aún, su proyecto, voceado con esperanza en manifestaciones estudiantiles en 2011 y transformado en programa de gobierno y borrador constitucional en 2022, está en el suelo, vacío de iniciativas viables y plagado de contradicciones. En el pasado, la izquierda logró encantar con líderes prometedores, unidad de propósito, sintonía popular y una causa atractiva para la mayoría. Poco de eso queda. La posibilidad de una travesía por el desierto está viva.
Eso mismo puede tentarla a buscar un atajo. Carente de ideas claras y desprestigiada, la izquierda quizás vea en una oposición cerril al gobierno de Kast el mecanismo para retornar a La Moneda. Podría apostar a levantar obstáculos contra todo lo que este proponga, con el objetivo de que el péndulo vuelva hacia la izquierda y, tal como ha sucedido en 2010, 2014, 2018, 2022 y 2026, sea la oposición la que triunfe en 2030. Negarle la sal y el agua a un gobierno de derecha ya le ayudó antes a la izquierda para recuperar el poder. ¿Resultaría otra vez?
La tentación es grande, aunque también lo son los peligros involucrados. Aparte de los perjuicios para el país y su convivencia, arriesga terminar desacreditando a la izquierda por años.
Además, el tiro podría salir por la culata. No resulta descartable que quien recoja los escombros de una eventual demolición mutua de la oposición de izquierda y el gobierno de derecha no sea ninguno de esos dos sectores, sino un tercero hoy agazapado: el populismo de Franco Parisi y su Partido de la Gente. Este mostró los dientes esta semana luego de que Pamela Jiles estuviera a tres votos de acceder a la presidencia de la Cámara de Diputados. Así como la ineptitud de la izquierda facilitó la llegada de Kast a La Moneda, una oposición cerrada que haga imposible gobernar a la derecha podría terminar poniendo la banda a Parisi. Cuando el río está revuelto, nadie sabe para quién trabaja.